jueves, 29 de enero de 2026

Casa Museo de Tomás Carrasquilla, Santo Domingo, Antioquia / Víctor Bustamante -Patrimonio 116-

 

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Casa de Tomás Carrasquilla en Santo Domingo

Víctor Bustamante

La fachada luce las paredes de cal y las puertas son de color verde, la casa ha sido restaurada después de sacarla de las garras de una cacharrería; se le han cancelado dos puertas, y en su lugar, se han dispuesto dos ventanas. Esta restauración es una manera de devolverle al escritor su lugar natal, es decir su presencia, y preservarlo de las metáforas del olvido, pero también es una manera de que los habitantes de Santo Domingo agradezcan al escritor que ha realizado una obra total, y así, en pleno se le ha dado su total presencia en esa esquina de Bolívar con  Girardot donde nació don Tomás Carrasquilla y donde comenzó a germinar una obra, mejor un Opus que expresa a los antioqueños.

… Esta es la morada del escritor, donde él tantas veces esperó el regreso de su padre, donde tantas veces existieron reuniones, visitas, conversaciones sigilosas. La casa es la intimidad de su dueño. Por estos cuartos y el patio amplio y generoso caminó el escritor, a lo mejor se ha sentado a jugar, a lo mejor en las tardes, en familia, rezaron el rosario. Así mismo los colores se apagaron al caer la noche mientras la llama de la vela definía sus sueños. Sí, aquí, en estos aposentos y zaguanes, el escritor caminó, conversó, jugó, cuando fue un poco libre en su infancia. Hemos venido a visitarlo, y de esa manera somos intrusos.

Por estos zaguanes y por estos cuartos, por estas puertas y ventanas, discurrió la escena familiar de su familia, eso sí, sin ruido que distrajera, sin el bullicio, sin la bullaranga que ahora es signo de movimiento de una casa. En ese instante el silencio solo era roto por el viento que se paseaba por entre las matas del patio, que movía las puertas o por las campanadas de la iglesia no solo en el ángelus, sino dando a reconocer cada hora a su paso. Aunque creo que de la iglesia inicial no sé si pueda decir que solía escuchar las campanadas, pero solo las campanas de mi imaginación son las que tratan de describir el ámbito de su casa, la de Carrasquilla digo.

Causa perplejidad entrar a la casa de Tomás Carrasquilla por una razón específica; en ella se resume su intimidad, esa intimidad que da señales de lo que fue su vida interior, que no aparece descrita en ninguna parte porque él la mantuvo en los umbrales de sus reservas, ya que en ella discurrió cada uno de sus pasos, cada una de sus actitudes, cada una de sus conversaciones al lado de su familia. De ahí que no hay nada que más que arrope su intimidad, que su silencio y esa cordura que lo lleva a ser discreto consigo mismo. Y así mismo en esa peculiar manera de ocultamiento nos ha privado de conocerlo un poco más. Ya que cuando se lee con ahínco a un escritor siempre se quiere saber más de él, cómo era su personalidad, cómo era su enfrentamiento con el discurrir cotidiano en esos días de fines del siglo, del 19, cuando se paseaba por esas calles, por esos campos, por esos paisajes que lo habitaron; paisajes que fueron suyos, que fueron su marco referencial, pero su silencio con la casa es proverbial, poco se sabe cuándo llega a su puerta, luego de un largo paseo por las calles o campos, o a lo mejor luego de una salida nocturna. Nada de eso, apenas llega a casa es el silencio como si protegiera la llamada intimidad de los curiosos lectores que quieren saber más de él, más de sus actitudes, porque cuando se lee mucho a un escritor se pasa a ser amigo para siempre, pasa a ser compañero de ruta. A través de su escritura uno percibe el interior de su vivienda, pero también debemos advertir que su intimidad es solo, esa parte de esa autenticidad que debe mantenerse en secreto. De ahí que cada escritor posea una zona de exclusión para detener las conjeturas de los lectores hipócritas y curiosos. De todas maneras, en Hace tiempos añade:

“Nací en una población minera del norte de Antioquia. La casa en que vivíamos se emplazaba en una calle falduda; era muy vieja, muy sucia y muy roñosa. Del caballete de paja le salían corredores de teja, de frente y de costado. Daba a la calle la puerta de la sala, entre un ventanón de tienda y un ventanuco saliente. El corredor lateral con entrada al patio y a la cocina, lo llenaban bancos y mesas, pues aquello era el mesón de Cantalicia Zabala, como si dijéramos. Pendiente abajo, y formando esquina, cerraba tal morada un cuadro de tapias, con bardas muy enyerbadas y mohosas, y un platanal exuberante cubría el recinto y botaba sus hojas a la calle y al pradillo interior.

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Portón, ventanas y puertas al corredor siempre estaban cerrados. Mi madre vivía recluida. Cosía y aplanchaba en los corredores de adentro y daba sus vueltas por cuartos y despensa. Me parecía muy linda y muy muchacha.

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Anochece. Cantalicia, según su costumbre, ha cerrado la venta desde las seis. Sus edecanas, se han ido con todos los comestibles para expenderlos en la tienda de Justa Arcila, que Cantalicia abastece. La casa está cerrada. Después de la merienda y el rosario me hacen acostar, como de ordinario. La sala tiene un tenducho, donde guardan trastos caseros y los enseres mineros de mi padre, con sus palas y azadones, sus cachos y bateas de madera. Detrás del tenducho se alza la cuja, de altos varales, y el cielo de trapo, donde dormimos Cantalicia y yo.”

Por esa razón cuando escribimos la palabra intimidad, para denotar su territorio, no hay nada más sorprenderte que empezar a referirme a su cuarto, a ese lugar donde seguro tantas veces leyó recostado o tantas soñó y durmió hasta tarde, o, a lo mejor cotejaría, su idea de convertirse en escritor. Es decir, esta nota se comienza entrando a su cuarto, que es su refugio, su entereza. Su cama está limpia como si aun esperara a su dueño, en la pared un cuadro con una pintura de su rostro, -seguro esa pintura fue dispuesta luego. A mano izquierda de la entrada se observa su cómoda, pero también en una vitrina dispuesta en la pared miramos con curiosidad una levantadora, aquella que usó el escritor y que seguro fue obtenida de algún familiar para darle color a este lugar al que entramos de una vez en este texto porque la palabra intimidad se refiere al lugar más personal del escritor, que lleva  a especular sobre este sitio como el generador de ensueño regocijo y descanso; instantes disponibles y puros para sus ensoñaciones. Dos sillas mecedoras definen su estatus, seguro pertenecieron al maestro, con su entramado tan peculiar que aún subsiste; en ellas aparece en varias fotografías sentado, ya sea en reflexiones, summa del descanso, cuando atendía alguna visita o ya en sus últimos años, nunca derrotado por su enfermedad, sino deseoso de terminar Hace tiempos.

Había observado la casa por primera vez al segundo día de haber llegado a Santo Domingo, pasaba cámara en mano y por esa sensación de respeto y reverencia debí desviarme en la esquina hacia el frente de su fachada, y fijar en la memoria de la cámara, así como en m recuerdo la fachada de cal y y las puertas y ventanas de color verde, llegaba como la sensación de que ahí, en su interior dormía la familia Carrasquilla después de un día de ajetreo, escuché las campanadas desde la iglesia así esta misma iglesia fuera diferente para cuando el escritor viviera aun en su pueblo.

Ya en la mañana del domingo debía entrar con mucho respeto a la casa, a mano derecha se ha habilitado el cuarto para lo que será la administración del lugar donde observamos escritorio, y sillas, computadores y vitrinas donde se ofrecen algunos libros, así como nos recibe Juan Carlos Palacio, quien demuestra su amabilidad.

La disposición interior prosigue por un zaguán hacia otros dos cuartos contiguos, sin puertas. En este hay unos muebles resguardados por una faja de tela para que nadie se siente en ellos, y en si unidos. Alrededor, en las paredes, la iconografía de fotos del escritor y su familia, así como de otros lazos familiares, como si el álbum familiar, en parte, pudiera ser mirado precisamente allí incrustado no solo en las paredes blancas sino desde la eternidad del papel, mientras sus rostros adustos y serios son testigos de una familia que ha regresado para representar y acompañar al escritor. En el otro cuarto hay una disposición de cuadros con reconocimientos al escritor, y, dispuestos en el centro otro juego de muebles no tan ostentoso y eso si muebles con los libros personales de Carrasquilla.

Por supuesto que esta es una representación del ámbito del maestro, ya que no se sabe si esos cuartos estaban adornados de esta manera, ya que cada uno de los enseres y objetos caros a la vida del escritor son una representación, mejor una colección que se ha ido completando con los años, es decir, cada uno de estos objetos poco a poco regresan al lugar para rememorar a quien se merece por haber dedicado su tiempo y su talento y talante a describir una manera de ser, con un habla peculiar, que de no haberlo hecho él, hubiera desaparecido. Por supuesto hay algunas vitrinas con objetos valiosos, y el único mueble con un espejo. En este ámbito del museo se respira, a pesar de su ausencia, a Carrasquilla, al maestro que hace años caminó, conversó, cenó en esta casa.

El comedor ha sido habilitado para encuentros, y ahí en un aparador con vitrina se encuentra una suerte de cofre, con el tesoro máximo, el manuscrito de La Marquesa de Yolombó, donde es posible notar la caligrafía de Carrasquilla, así como la corrección de sus errores, todo escrito con pluma y tinta. Al hojear este manuscrito es como si nos retrotrajéramos al momento en que la obra se terminó, y ya ha estaba dispuesta para ser pasada a los moldes de la imprenta. Pero lo que sobrecoge en este documento es como en esas páginas, fue escrita esa obra memorable, aplazada, y nos pone a pensar cuanto tiempo se demoró Carrasquilla, en días y noches, para que a través de su escritura fueran surgiendo los diálogos, las narraciones, cada personaje hasta disponer el punto final. En estas páginas está el alma impresa de Carrasquilla, sus seguridades, sus dudas, las historia que escuchó como una tradición oral, sus aportes, sus recreaciones, sus tesis, sus críticas blindando a esa mujer memorable que desdice de aquellas damas encerradas en el hogar. Allí, ese pasado ajeno que bordeaba la suposición y los pasos del olvido, fue recobrado por el escritor ante la insistencia de Félix Mejía, a quien fue dedicada la obra.

 Luego pasamos al cuarto, en la entrada a mano derecha, donde ha sido recreada la Biblioteca del tercer piso traslada acá para recoger el espacio vital donde el escritor, junto a sus amigos decidieron también, no solo leer, y mantener el espíritu alerta y en contacto con otras culturas, sino volverse, algunos de ellos escritores, ya que querían contar historias que vieron, o escucharon, así como darle, cada uno de ellos su toque personal. Me refiero a Carrasquilla, a Rendón, a su hermana Isabel, a Hortensia Ceballos Naranjo y a una persona que estudió aquí en Santo Domingo: Ricardo Olano.

Por supuesto está el patio que, con su disposición, es el centro de todo en la casa, ya que cada actividad, ya fuera de visitas, ya fuera de festejos, de celebraciones, albergaría invitados, pero, sobre todo, en su época, alojaría la diversidad de matas con sus ornamentos como si cada familia en ese momento mantuviera su cercanía con la naturaleza. Además, el patio en su inmensidad servía de comunicación para la familia, ya que la casa no estaba dispuesta para el encierro, sino para la comunicación, para escuchar los sonidos y los pasos, y sobre todo, el habla. Si la vida es en apariencia apacible, mirada desde ahora, en realidad esos silencios son quebrados por el habla, los murmullos, los diálogos, síntoma y signo de las personas al hablar.

El ruido, los ruidos van y vienen por toda la atmósfera de la casa; quizá en su habitación, que sobrecoge, ya que poco a poco allí con sus lecturas, con su disposición y disciplina forjaría su carácter de escritor ya que en su ensoñación quería contar las historias escuchadas desde su matiz tan personal, así como aquellas historias que discurren a la vista de todos, pero que solo el escritor recupera ante el certero, pausado y esquivo, pero violento paso del tiempo. Aquí en esta casa Carrasquilla se encontraría así mismo, con sus renuencias, con sus renunciaciones, ya que desde aquí surgiría el escritor, el genuino y auténtico escritor que dejaría todo atrás, una vida cómoda y corriente, para convertirse en el testigo de primera mano y, por ese motivo, en su habitación monacal, austera y sencilla, se disolvería un mundo de normas para él, sí precisamente él, un auténtico ser para enviarnos su legado y su memoria, su tácita decisión de ser un escritor a toda hora, a todo momento porque su existencia estaría solo marcada a pesar, mucho después, de su casi inmovilidad y de su ceguera en su escritura para exprimir un opus memorable, que lo describe a través de su agudeza, de su amor, de ser él mismo, ya que a medida que escribía se descubría así mismo, hasta llegar a ese maelstrom que es Hace tiempos, donde el encuentro de su escritura consigo mismo, lo revelaría en su memoria, en su dúctil manera de escribir para ganarse, sin quererlo, esa denominación de maestro que es solo el saber que ahí en sus palabras, en lo más fácil, en apariencia, como es escribir de primera mano, revelaría un mundo del cual fue testigo y del cual él sabía que de no hacerlo todo desaparecería.

Encerrado, ya fuera en el cuarto de su casa en Santo Domingo, o luego en su casa de la calle Bolivia en Medellin, su imaginación, su memoria buscaría esos recuerdos, esos presentes que huyen a cada instante esparcidos por campos y montañas, por pueblos y en sus casas, o también en personas, y quizá por los caminos, por las carreteras, para que él, en apariencia inmovilizado en el rincón de su cuarto o en la serenidad de su casa, se afirmara en toda su dimensión con  un reto irreductible, con ese don de humanidad: su potencia y su voluntad, sin postergar y sin fatigas. Sospechaba que no debía descansar, en aplazamientos o en proyectos, sino que no debía sumirse en esperas y vacías esperas, que desalojan y nada estimulan. De ahí que su vida media el pulso de su tiempo para regalarnos y enviarnos a través del tiempo su decisión, como ninguno en esta tierra de comerciantes y de académicos aburridos en retar la existencia misma para convertirse en el excelso escritor que aún nos deslumbra.

Cómo no saber que él ya no está ahí, y asimismo saber que sí está representado, cómo no dejar de callar, si su habla se encuentra en su escritura, en su palabra, en la tácita manera de decirnos a través del tiempo que su habla perdura y no nos traiciona, sino que nos expande, nos regocija.

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… En enero veinte de 1958 durante el centenario de Tomás Carrasquilla, diversos escritores del país y del exterior se congregaron en Santo Domingo, donde se efectuaron importantes actos para honrar la memoria del ilustre escritor. Viajaron desde Medellín numerosos invitados por la Junta central encabezados por Magda Moreno, entre los asistentes figuraban Kurth Levy, catedrático en la universidad de Toronto; el periodista y escritor Eduardo Zalamea Borda, subdirector de El Independiente de Bogotá;  el exministro de educación, Doctor Gabriel Betancourt Mejía; los poetas Ciro Mendía y León de Greiff; el presidente de la Academia Colombiana de la Lengua presbítero, Félix Restrepo S.J.; el alcalde de Medellín, Fernando Gómez Martínez, así como miembros de organizaciones culturales de Medellín y del departamento.

… A las 9 de la mañana se ofreció en la casa distrital una recepción en honor a los invitados, durante la cual el alcalde municipal dio la bienvenida. Posteriormente ofreció una misa solemne, el padre José Emilio Jaramillo quien pronunció una estupenda oración.

… Al mediodía diversas personas, entre los que se contaban muchos campesinos llegados de las veredas, visitaron la casa donde nació hace un siglo el escritor. Allí ubicaron una placa de mármol obsequiada por La Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín. Posteriormente un desfile militar multitudinario se dirigió hacia el colegio Tomás Carrasquilla donde fue descubierto un busto de bronce del maestro de las letras, obra del escultor Alfonso Góez, obsequiado por el municipio de Medellín. Fernando Gómez Martínez, alcalde de la capital, pronunció su discurso durante el acto, luego se obsequió un almuerzo para los visitantes.

… A las 4 de la tarde se llevaron a afecto en algunos lugares de Santo Domingo diversos actos con participación de la población que asistió a reuniones académicas y a cotejos deportivos. En el Teatro Municipal se efectuó a partir de las 8 de la noche una velada literaria. 

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-Patrimonio Nacional 116-

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