sábado, 13 de diciembre de 2014

24. Medellín: Deterioro y Abandono de su Patrimonio Histórico. Melitón Rodríguez







24. Medellín: Deterioro y Abandono de su Patrimonio Histórico. Melitón Rodríguez


 Melitón Rodríguez


Para Maribel Tabares
Víctor Bustamante
En una visita a San Petersburgo, Claudio Magris va un busca del rastro de Dostoievski. En la calle Kaznachéiskaia 11 encuentra la placa en el primer piso de la casa donde él vivió cuando escribía Crimen y Castigo, y cae en cuenta que ese paisaje de buhardillas y pasadizos es el mismo que vivió Raskolnikov hundido en su nihilismo. Era uno de esos cuartos, de esas casas arrendadas, una de la veinte que habitó el escritor. Este barrio también es conocido por que en él discurre la vida de otros personajes de sus obras, así como las direcciones donde vivieron, y por esa razón el gusto popular lo ha llamado el Barrio de Dostoievski. Este elegía casas en las esquinas con vista a una iglesia, siempre alrededor de las mismas plazas la Sennaya y Vladimir. Este último apartamento, en el que vivió los últimos años fue reconstruido y allí podemos notar la áspera poesía de su presencia: su sombrero, las tacitas para el té, los cigarrillos Laferme, el escritorio con su paño verde, su tintero y la pluma con que escribió. El ámbito de la casa de seis habitaciones nos da la magnitud y el espacio de esos cuartos, de los zaguanes donde no solo caminó el escritor sino que hasta altas horas de la noche daba rienda suelta a su genio envuelto en una bruma de humo de los cigarrillos que fumaba uno tras otro. Y aunque el tiempo es lejano, 1881, el barrio aún permanece intacto. Ha cambiado el paisaje humano pero la memoria del escritor pervive. Y no es para menos en sus libros trascurre indeleble el corazón de San Petersburgo.
Lo anterior para referirme a la ausencia del espacio donde discurrió Melitón Rodríguez, el mayor fotógrafo de Medellín, quien después de su muerte en 1942, no sospecharía que su casa, laboratorio y estudio fotográfico, sería arrasada, casi siete años después para construir el edificio de la Naviera Colombiana.  
Solo nos queda la torpe memoria de saber que en la carrera 9 (Palacé), -referenciado por un anuncio comercial en el Primer directorio general de la ciudad de Medellín para el año 1906 de Isidoro Silva L.-, Melitón fotografíaba a quienes acudieran a su estudio. Juan Luis Mejía en el prólogo a Lecciones de Fotografía y Diario de caja de Horacio M. Rodríguez y Melitón Rodríguez da una idea acerca de un estudio de fotografía: “Un gabinete fotográfico estaba conformado por uno o varios estudios, en los cuales se colocaba a la persona que deseaba el retrato. El estudio era un pequeño escenario decorado con telones con distintos paisajes, afines con la personalidad del retratado. Se usaban además elementos decorativos como barcas de cartón, balaustradas de madera o falsas columnas de mármol. El estudio era un verdadero espacio de ilusión. La luz del sol debía entrar de manera lateral, preferible en un ángulo de 45º. En el espacio contrario al ventanal, se colocaban unos reflectores de lienzo que permitían equilibrar las luces y las sombras. ....Un día opaco era un descalabro para el fotógrafo. Las mejores horas para la toma eran entre las ocho de la mañana y el mediodía. El retoque era una operación común en todos los gabinetes y era realizado por manos expertas, generalmente femeninas. El retoque, efectuado en un atril con vidrio esmerilado sobre el cual se colocaba el negativo, permitía corregir pequeños defectos en el momento del revelado, como eliminar las partículas de polvo o las burbujas minúsculas que luego afectarían la copia en positivo. Pero también había que corregir los rostros”.
Así mismo, Melitón, llegaba allí después de salir, algunas veces, a las calles a fotografiar esos paisajes urbanos que aun vemos, para dejar algo que con el tiempo se convertiría en un acervo de imagenes de tanto valor histórico, sentimental y de documentación que cada que las miramos nos deja perplejos: toda la memoria de lo que él quiso plasmar en sus placas y que el tiempo hace brillar con ese halo no sé si de nostalgia, o mejor, de desazón al saber cómo la ciudad se desmantelaba y así observamos que aún no posee un rostro, un paisaje urbano definido al interior de ese espacio que poco a poco se desdibujaba, y apenas queda acudir a los diversos autores que la reflejaron y la describieron y a sus fotógrafos para darnos cuenta que Medellín posee una historia con sus recintos familiares, intelectuales y sus misteriosas inquietudes. 
Desde ahora sus fotografías la revierten de otra manera, desentierran un Medellín perdido como si viajáramos en el trascurso del tiempo a una ciudad inexistente. Pero es cierto, todo este referente lo hemos destruido. De ahí que al mirar el espacio vital de Dostoievski que se conserva nos lleva a una pregunta: ¿Qué ha pasado en Medellín?
Una ciudad también se encuentra en la escritura de sus detalles. Desde esa lejanía nos habla y nos convoca. Esas fotografías causan asombro. Digo asombro porque en el detalle de dos colores contrapuestos, el blanco y el negro, en ese solito fragmento, se hace indeleble: son los colores de nuestro pasado más inmediato. Él, Melitón, ha captado en esos momentos, en cada una de sus fotos, lo irrepetible, lo que se fugaría en pocos años, lo que habría de congelarse para la posteridad: un parque, una calle, una casa, un retrato personal, pero no será una calle cualquiera sino una calle donde existen unas fachadas, unos avisos, una disposición de quien se detiene para ser fotografiado o quien pasa de largo, y es que ahí sabemos cómo van vestidos con la moda de su contemporaneidad. En síntesis, cómo era el medellinense corriente o con alardes de grandeza que por ese milagro de sus fotografías quedan detenidos en el tiempo mismo. Símbolos de una época determinada que Melitón nos ha enviado desde el pasado y que nos obliga otra vez a una pregunta, qué se hizo esa ciudad de arquitectura diferente. ¿La destruimos?
Lo sagrado se preserva, es decir su representación, en las diversas iglesias que además sirven de punto de referencia; son las únicas construcciones que nunca se han tocado. Pero lo venerable del ámbito civil no ha permitido que la memoria se preserve, siempre ha sido destruido. Estas fachadas, estas cúpulas de las iglesias, se convierten, en muchos casos, en el punto de referencia para reconocer algún lugar y más o menos situarlo. Esas iglesias se constituyen en un punto de referencia, ya que por medio de ellas, los sitios aledaños son localizados, porque a veces muchas calles, muchas edificaciones serían irreconocibles. Y aquí me pregunto por lo sagrado en términos de cierta secularización, lo que construyó el hombre mismo, su espacio, su entorno, sus calles, sus casas, es decir su historia no debería borrarse de un manotazo o a golpes de las grúas que se llevan tras la ilusión de progreso una ciudad que tiene derecho a su historia cotidiana no a la de las grandes generalizaciones. En este último concepto solo existe la excusa del ocultamiento.
Hace algunos años, en la década del 90, cuando la Foto Rodríguez estaba ubicada en un segundo piso, diagonal a unas cuadras del Colombo-Americano, por El Palo, indagaba por unas fotografías de Luis Tejada y de su familia. Doña Gabriela, su albacea, amable, nos atendió y buscó en las libretas originales anotadas por el fotógrafo previsor. Y preciso ahí pude notar lo indicado sobre Tejada con la caligrafía del mismo Melitón. Luego, en la pieza contigua, pude observar los armarios y anaqueles con una infinidad de negativos, con la herencia del gran fotógrafo sobre la ciudad. Luego husmee al interior del estudio y vi a don Gabriel, hijo de Melitón, en el cuarto oscuro donde había una ampliadora grandísima y él copiaba las fotos solicitadas por algunas personas venidas de Bogotá que indagaban por el registro de sus abuelos, y al mirar a sus parientes lejanos, perdidos en el tiempo, y ahora revertidos por la memoria en el papel, se llenaban de sorpresa; de la oscuridad del tiempo ido regresaban, rostros caros a ellos.
En un costado de la sala reparo en la cámara con que Melitón fotografió toda una ciudad, ahora en desuso, testigo de una época con toda la inmensidad de esa presencia, pero ya relegada como si fuera una reliquia, pieza de museo, detenida en el tiempo, sin las manos que tantas veces la utilizó para guardar en sus placas tanta historia, tantas presencias, tanta ciudad, tanto Medellín. Definitivamente el oficio y la pasión del fotógrafo es obra de él mismo: es irremplazable en su presencia. Con cada fotógrafo, al morir, desaparece todo un concepto de su arte, y además su visión, sus paisajes preferidos, sus personajes.
Ahora, una tarde de diciembre del 2014, camino por Palacé hacia el norte desde la Avenida Primero de Mayo, es decir por estas calles casi abandonadas pertenecientes a una ciudad desmantelada, aunque la maquillen con eslóganes, dejada al desgaire, y apenas sé que ahí a unos pasos, al frente, Melitón oficiada en su estudio. Allí, en el cuarto oscuro, con la paciencia del alquimista veía, al revelar por primera vez, esa ciudad que el fotografió en ese presente, su presente, y que después huiría y se convertiría, no en memoria, porque con frecuencia pasamos por esa calle, Palacé, y nada sabemos, sino por los libros, eterna memoria, como lo que no ha existido nunca y se ha olvidado siempre, ya que los transeúntes, en su mayoría, han adquirido esa imposición de no saber qué sitio habitan sino que miran de soslayo los referentes históricos sin darse cuenta de su valor. Pero ahí están las fotos con el clima interior, espiritual que Melitón le otorgó para resarcirnos.
Allí en esos cuartos, con su cuidadosa caligrafía, Melitón anotaba en sus libretas la fecha y el personaje o el paisaje que había fotografiado. Y así su laboratorio, su espacio, el cual tendría derecho a perdurar, fue desmantelado, aun así él nos haya dejado sus placas, la memoria de la ciudad y de sus gentes, como si ese corte de tiempo, ese espacio entre lo anterior y lo de ahora fuera un punto de referencia que es necesario mirar para saber cómo ha cambiado el paisaje citadino. Sin estas fotografías no sabríamos tantas historias, tantas presencias. Solo queda saber que ahí al frente trabajaba Melitón, ayudado por sus hermanas,que también tomaban fotos y retocaban: Rafaela, Amelia y Ramona; Así como Miro, Memos y Enrique Márquez. Carmen Luisa hermana de María Cano tambien trabajó allí.

Hay una fotografía del mismo Melitón donde una niña observa al trasluz de la vitrina las fotos en su interior, así como hoy hubiera querido entrar a ese estudio fotográfico solo previsible en la curiosidad. Luego el fotógrafo por litigios judiciales perdería su estudio lo cual le daría un golpe mortal. Melitón era un artista no un comerciante y los locales de esta carrera, Palacé, eran apetecibles para la especulación inmobiliaria.
Ahora estoy, estamos enfrente del Edificio de la Naviera Colombiana que le dio otro matiz a esta carrera. Este Edificio fue construido por la firma de arquitectos Vieira Vásquez y Dothe, y hace alegoría a la Naviera Colombiana. Lo demuestran los medallones encajados en las puertas vaciadas en aluminio con escenas de viajes. Sobra advertir que a una mentalidad como la nuestra, encerrada y cantada entre montañas tropicales como su fachada más hacendosa, poco le interesa la navegación, así esta fue abandonada por el río Magdalena. En la actualidad el edificio luce descuidado, aunque su nuevo propietario la Universidad de Antioquia seguro le dará un uso adecuado. La celadora no nos permite fotografiar su interior. Revestido con piedra bogotana da la idea de la proa de una embarcación como la expresión más acaba de una ciudad que no cuenta ninguna epopeya marítima sino que arrasa con las calles y su patrimonio ante la mirada pasiva del medellinense que sonámbulo solo le interesa ver vitrinas.
Recién construido, la firma cayó en bancarrota y debió venderlo al único cliente que podía comprarlo, eso sí barato, el Departamento de Antioquia, para ser administrado por las Rentas Departamentales y la Lotería de Medellín. Por fin licor y ludopatía se hallaban reunidos en un mismo espacio como otra de las expresiones del ser antioqueño que yacen bajo las ruinas morales de los pioneros del tanto por ciento. Lo justificaba una razón de peso y de pesos: para pagar maestros y financiar hospitales.
A esta hora, diciembre 10 del 2014, al mediodía, Palacé es un batiburrillo de vendedores callejeros, de transeúntes, de vagos, de la presencia-ausencia de los llamados desechables y del impasible y asediado tránsito de buses, del ruido, de los vendedores de cds piratas y otras pócimas ilegales. Síntesis de una ciudad, del Centro incontrolable, abandonado a su azar: tanto por la negligencia de las autoridades, como la indisciplina ciudadana, y bajo el acecho de las otrora poderosas compañías de buses con su desorden y su ruido. He mencionado una palabra que se ha definido de una manera despectiva, desechables, pero sí, así se denomina a las personas de poca suerte, abandonados, y que cada día pueblan más las aceras y calles de la ciudad. Y no es para menos, los edificios poco a poco también sufren el mismo menoscabo de su historia, es decir, la lejanía de la presencia que los reafirmó.
Cierto. Melitón, vivía y tenía su estudio en esta casa diagonal a la de Carlota Uribe ubicada en Palacé, entre Maracaibo y La Playa, es decir entre el Club Unión y la quebrada de Santa Elena. Ellos eran buenos amigos. “Esta casa no era lujosa como si lo habían sido la casas de su bisabuelo Tomás Uribe, pero sí era moderna y muy agradable. Tenía tres patios: en el primero, el más grande, resplandecía una alta fuente de piedra con leones tallados, el otro con un jardín de flores y mosaico de piedritas en el piso, y el tercer patio tenía árboles frutales tales como guayabas, nísperos, naranjas, uchuvas. En la parte de atrás de la casa había una huerta que lindaba contra la quebrada.” Señala Teresa Urreta de Vélez nieta de Doña Carlota, y nos da una idea acerca de la amplitud de estas mansiones, y además la sospecha acerca de que algunas fotos familiares fueron tomadas en el propio solar de la casa de Melitón.
En una visita a Medellín, parodiando a Claudio Magris, si buscamos la casa donde vivió Melitón Rodríguez, nos darían una pésima noticia: nadie sabe nada de él, salvo reparar en las fotografías, algunas que adornan las paredes de diversos cafés, bares o almacenes del Centro. Todo ese arte para imprimir ese peso a Medellín y el carácter popular referirlo con una palabra ominosa, el Medellín de antaño, para expresar lo viejo, lo caduco, o sea lo que se fue, lo que se destruyó, y así pensamos, sin significación alguna, como lo actual es la exegesis de lo nuevo sin un soporte vital. Es como si se dijera él vivió en Medellín de una manera general, pero su espacio cotidiano no existe. 

A una ciudad la hace grande la experiencia de tener sus referentes, de caminarlos, vivirlos. En Medellín, el binomio, dirigentes políticos y urbanizadores, los destruye poco a poco con el POT o sin el POT.  

5 comentarios:

Anónimo dijo...

En Europea suceden las guerras y sin embargo se levantan de las cenizas el patrimonio arquitectónico de las ciudades, aquí pasan las constructoras con almádana en mano y les permitimos acabar con nuestro nuestros casas y edificios historicos; hasta cuando va suceder esto?

Cuqui dijo...

Medellin es una ciudad llena de contrastes y de mentiras. No hay manera de educar a sus dirigentes

Anónimo dijo...

La “dirigencia antioqueña”, Alias la ‘raza’, les tiene y les ha tenido sin cuidado el patrimonio cultural, tangible e intangible de Antioquia. Para ellos lo esencial, su único amor son los negocios, los que prosperan, si se extermina la memoria, para que nadie pregunte nada. Mirar los abarrotados centro comerciales de hoy día.
f.

Karl dijo...

Marx vaticinaba que el poder revolucionario de la burguesía, si no era detenido, habría de arrasar con el planeta. Pero los paisas no necesita ser marxistas donde ven un hueco construyen y si no lo hay tumban lo que sea. Felicitaciones.

Manuel Fadduil Alzate dijo...

Víctor, es lo más aproximado a la situación de nuestro patrimonio; uno de los factores que han conducido a la sociedad medellinense por el desprecio del legado, es la ambición por la acumulación de capital; ello supera cualquier nivel capitalista del planeta. La destrucción de lo patrimonial, ha generado en la comunidad una total indiferencia, pues estructura construida y con símbolo significativo, es derrumbada sin el consentimiento ciudadano. Por lo tanto, el habitante interpreta esto como un "desaire", no interesa ese patrimonio para los gremios de la construcción y la dirigencia política. Al sentirse la comunidad despreciada en sus apreciaciones por el legado; resulta una pérdida de interés hacia lo material e inmaterial heredado, pues los intereses monetarios y de "progreso", borran de manera impositiva, el sentido de apropiación o pertenencia de la sociedad.