miércoles, 8 de mayo de 2024

EL AUTORITARISMO COMO MIEDO A LA LIBERTAD / Efraín Alzate S

 

EL AUTORITARISMO COMO MIEDO A LA LIBERTAD

Efraín Alzate S

En las relaciones donde prevalece la autoridad racional existen componentes como la admiración, el respeto y la gratitud, la autoridad en este caso se convierte en un ejemplo con el cual identificarse, contrariamente, en aquella que es impuesta, en algún momento, aparecerá la hostilidad y el resentimiento”. (Fromm, 2005)

El autoritarismo se acoge de manera radical a unas normas sociales que aprueban el dominio, poder y control sobre los demás. Esta forma de actuar de las personas autoritarias puede tener sus antecedentes desde la infancia, al responder los padres con hostilidad al niño cuando éste les contraría llora, se queja, o se equivoca. El comportamiento autoritario se desarrolla a partir de normas sociales trasmitidas por la familia y otros agentes sociales. En este sentido, cuando percibimos en escenarios de poder, a personas que se tornan agresivas al ocupar cargos, de inmediato imaginamos de niño a esta persona con sus sufrimientos, castigos dolorosos o burlas por parte de progenitores. Del dictador Augusto Pinochet se decía que en su infancia había sido un niño infeliz.

La persona autoritaria utiliza el poder para poder, es decir, para hacer lo que le viene en gana y luego pasa a la perversión al experimentar placer al infringir daño físico o moral al otro; la persona autoritaria es dominante, agresiva, dogmática o incluso violenta con los demás. Bajo una máscara de orden se perciben disciplinados y les apasiona mandar, poner normas y castigar su violación, llegando al uso de la amenaza o humillación para conseguir su fin, y responden enérgicamente ante cualquier cuestionamiento a su autoridad o cuando les retan por sus arbitrariedades.

Por lo general la persona autoritaria se muestra insensible ante las necesidades y emociones de los demás, llegando a parecer crueles. Tampoco suelen expresar sus sentimientos, algo que consideran como signo de debilidad. Por lo general, funcionan muy bien en estructuras de poder tradicionales, jerárquicas, sobre todo si ocupan puestos de dirección. Encajan

perfectamente en la empresa moderna en la que la racionalidad instrumental está por encima de la condición humana. Solo importa la capacidad de producción del hombre o la mujer máquina, pero nada de lo que tienen que ver con su vida familiar o social importa. La esencia humana de la empresa moderna sucumbe en montañas de papel y formatos con los que se ordenan las cuentas pero con ausencia notoria de humanidad.

Desde esta perspectiva, autoritarismo se ha edificado sosteniendo la idea de la insignificancia o la inutilidad del hombre, en aquellos lugares donde se establece una autoridad suprema el individuo se empequeñece y se reduce a una función de obediencia y sumisión. Las personas autoritarias son consistentes en todos los campos y situaciones que se les presentan y ese patrón comportamental es notorio y aplicado sistemáticamente con todas las personas que están bajo su influencia, pero, además, esa actitud de emperador la aplica en otros espacios de la vida en donde se da jerarquía y sumisión. Quien es dominante y abusador con sus empleados, por lo general lo es también con sus hijos o parientes con quienes por su vulnerabilidad les puede imponer sus dogmas. (Fromm, 2005)

Los autoritarios son percibidos como personas ásperas, dogmáticas, competitivas, carismáticas, intolerantes e indiferentes a las necesidades de los otros, y poco afectuosas, lo cual tiende a enorgullecerles. En los casos más severos, pueden llegar a ser crueles, denigrantes, humillantes y coercitivos. En el área laboral, presionan a sus subordinados, critican, velan por el cumplimiento estricto de las normas y reglamentos, y no toleran la más

mínima muestra de desacato o discrepancia con sus órdenes. Estos comportamientos van creando en la base de los trabajadores la animadversión y anhelos conspirativos; normalmente la persona autoritaria resulta víctima de sus propios comportamientos. Por lo general las autoridades autoritarias, salen de los cargos con innumerables detractores y con personas que solo esperan el momento para pasar cuenta de cobro. Se da la paradoja del doctor Guillot, inventor de la guillotina, quien la experimentó en su propio cuello.

La autoafirmación de sí mismo puede tener como consecuencia la desobediencia, para todos aquellos casos de formas abusivas de autoridad la autoafirmación es un pecado grave pues, desde la autoridad se nos intentará hacer creer que sus fines son los nuestros y que sólo se puede obtener el objetivo mediante la obediencia”. (Fromm, 2005) .

Los autoritarios vistos desde el psicoanálisis por lo general son portadores de algún complejo.

Karen Horney psiquiatra norteamericano sostiene que las personalidades sádicas abusan de los demás porque odian la vida, piensan que su propia vida ha sido vana y sin sentido, y este “triunfo vengativo” les hace sentir superiores. Erich Fromm, entiende el autoritarismo como una pasión por tener el control absoluto de otro ser vivo, con la que aliviaría el sentimiento de insatisfacción en la vida y el amor. Desde el autoritarismo se tiene la tendencia a negar la libertad y sustenta desde un pesimismo exacerbado la imposibilidad para acceder a la felicidad “La característica común de todo pensamiento autoritario reside en la convicción de que la vida está determinada por fuerzas exteriores al yo individual, a sus intereses, a sus deseos. La única manera de hallar la felicidad ha de buscarse en la sumisión a tales fuerzas”. (Fromm, 2005)

Los autoritarios son personas hostiles, y esa hostilidad no es gratuita ni “indiscriminada” (como en el caso de personalidades antisociales o psicópatas), sino dirigida a las personas que guardan una relación de dependencia o subordinación, o son más débiles. La violencia en estos casos no es percibida como desproporcionada por el autoritario, sino justificada y

apropiada. Cuando castigan suelen decir: “se lo merecía”, “es por su bien”. El autoritario es hábil para identificar las debilidades de sus víctimas y al identificar los más vulnerables, los utiliza como chivos expiatorios para aplicarles mayor daño y humillación. La persona autoritaria suele desconfiar bastante de los demás; pero no es característico que se crean los únicos capaces de hacer las cosas. El por qué de esa desconfianza, puede estar en el miedo a que les releguen de su posición privilegiada de poder o a que pongan en entredicho su autoridad.

Pero existen empresas en las que no impera la conciencia autoritaria, y fluye la conciencia humanista, es el caso de espacios laborales en los que sus trabajadores acreditan salud mental, alegría, entusiasmo y sentido de pertenencia. El patrón con conciencia humanista hace de la empresa un lugar de crecimiento y de encuentro entre seres inmensamente humanos. Estas empresas, suelen ser exitosas y cada trabajador se siente feliz de los triunfos de esta. Al respecto Fromm expone: En contraposición a la conciencia autoritaria, existe la conciencia humanista, que no es la voz internalizada de la autoridad sino que es nuestra propia voz, es la propia conciencia que juzga nuestro funcionamiento como seres humanos, se corresponde al conocimiento que tengamos de nosotros mismos y se armoniza con nuestra capacidad en el arte de vivir (Fromm, 2005)

La persona autoritaria vive en una terrible maraña de miedos, por ello suele rodearse de personas manipulables y sumisas, pero también en ocasiones las evita y las rehúye, ya que el temor es a la presencia humana y los débiles y sumisos son seres humanos que hoy están en esta mesa, en este banquete, mañana en la mesa que primero se sirva. El peligro para un autoritario está en que lentamente va perdiendo su autoridad en la medida en que en la empresa surgen personas firmes, con posturas dignas y sin temor. En esencia el autoritarismo es una debilidad, es miedo a la libertad.

Para Fromm existen dos tipos de conciencias, la autoritaria y la humanista; las cuales fungen como legisladores morales, éticos y como sancionadores entre otras cosas; la consciencia autoritaria es la voz de una autoridad externa interiorizada que dicta mandatos y tabús y gobierna mediante la fuerza del temor y de la culpa -este tipo de conciencia la podemos encontrar en el superyó-; se le atribuye el derecho de mandar, recompensar y castigar; en el

carácter autoritario encontramos cierta cantidad de sadismo y destructividad que obstaculizan los poderes del hombre. La libertad como respuesta al autoritarismo: los seres humanos vivimos un extraño miedo a la libertad; desde la conciencia plena de libertad es posible rebasar los linderos del autoritarismo, pero esta libertad no implica que no haya principios que nos guíen; la libertad posible y deseable es aquella que nos permite crecer de acuerdo a las leyes de la existencia humana. Significa obedecer las normas que posibilitan el desarrollo humano óptimo.

La autoridad racional es aquella que fomenta respeto sin temor, y desde un reconocimiento a la condición humana acoge el pensamiento crítico y estimula la fe en la vida. Es irracional imponer normas que sólo benefician a la propia autoridad de las que emanan dichas leyes, además, es peligroso porque el poder se va tornando omnipotente y prepotente. Esta conciencia está relacionada con la duda racional que pone en tela de juicio aquellos valores que nos intenta imponer la autoridad, cuando somos pequeños aceptamos sin más las ideas de nuestros padres, pero a medida que crecemos comenzamos a desarrollar la capacidad de criticar, el aumento de la capacidad de discernimiento es proporcional a la independencia con respecto de nuestros padres y de cualquier otra autoridad.

La duda racional es la fuente principal sobre la que ha establecido sus bases el pensamiento moderno y se vincula a la emancipación creciente con respecto de autoridades como la Iglesia, el Estado o los poderes económicos.

Por ello, si bien la universidad y la escuela de hoy, se han convertido en empresas, han de cuidarse para que en ella ni discursos ni personas autoritarias sean determinantes; los cambios en la sociedad se alcanzan formando ciudadanos con sentido democrático si por lo menos aspiramos algún día a la democracia. ¿Porque sin demócratas de qué democracia hablamos? Al respecto E Zuleta nos ilustra desde su obra Educación y Democracia nos ilustra así: Ahora, el anhelo de una verdad absoluta, de un amo indiscutido, de la supresión imaginaria del Otro como diferencia efectiva y discrepancia posible, toda esa inclinación de nuestra subjetividad al dogmatismo y al autoritarismo, sólo puede ser superado por procesos de formación que permitan la interiorización del lugar del Otro y con ello del respeto y el valor asignado al semejante como aquel que encarna una aventura y una perspectiva singular y con el que no se ha de implementar una acción supresora , sino una actitud dialogante. (Zuleta, 2015)

El eclipse del autoritarismo: los Estados, las empresas, las instituciones, las Universidades

que han padecido el yugo autoritario también han tenido la oportunidad para ver un amanecer con música y alegría cuando se asiste al desplome de estas formas de gobierno y a la desaparición de personajes autoritarios. Ejemplos sobran en la historia: Hitler en Alemania, Mussolini en Italia, Batista en Cuba, Uribe Vélez en Colombia. Pero de igual manera sucede esta dinámica en las instituciones y en este caso las Universidades a las que llegan personas que se encartan con el poder al asumir que este es para maltratar y someter y no para orientar y servir al ser humano. Ante la caída de personajes autoritarios los únicos que se lamentan son aquellos que nacieron para vivir disfrutando del látigo en su espalda porque la dignidad humana que han construido es la de tener la humildad para besar la bota de quien le patea.Fromm, E. (2005).

 

Bibliografía

Fromm, E. (2005). El Miedo a la Libertad . Buenos Aires: Paidós.

Zuleta, E. (2015). Educación y Democracia. Bogotá: Corporación tercer Milenio

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