viernes, 26 de mayo de 2017

49 Patrimonio restaurado: Edificios Carré y Vásquez




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49 Patrimonio restaurado: Edificios Carré y Vásquez


El  Carré y el Vásquez,  
Memoria urbana de Medellín en el contexto de Guayaquil, 2012.

Secretaria de Cultura Ciudadana

Luis Fernando González


Días de 1975, cada que pasaba en bus para el Centro, ruta Floresta-Estadio, veo el costillar del edificio Vásquez pintado burdamente, el primer piso de un blanco, ya sucio, entre sus desvencijadas ventanas verdes y de un rojo mate el primer piso, pero qué digo, si entre la multitud de vendedores del Pedrero, son dos edificios arquitectónicamente iguales, el otro es el Carré. Luego, con los días, he caminado, visitado, entrado a los bares del primer piso. Mucho más tarde busqué el rastro de Darío Lemos en el Hotel Santana inscrito en el Vásquez, poblado de indígenas ecuatorianos con sus mercaderías: abrigos de lana, bolsos y chanclas. Me gustaba y aún me gusta el terminado en ladrillo desnudo en las paredes donde no ha sido masacrado con la pintura de ocasión que lo despojan de su originalidad y esplendor, lejos de las edificaciones cubiertas toscamente con revoque o con graniplast que ya se había puesto de moda.

En ese mismo momento, esos años, la plaza de mercado fue trasladada y de una vez se le asestó un golpe mortal, lo que afectaría no solo a este par de edificios sino el entorno, ya que comenzó un silencio oficial, una desidia, señuelo de la destrucción, que dejó que este lugar, construido por otras generaciones, sufriera un largo e insensible proceso de deterioro. En esta misma plaza que antes fue centro de interés, el edificio de la Farmacia Pasteur fue abandonado hasta ser incendiado, la plaza misma fue destruida, seguiría el Pasaje Sucre, y al frente, la Estación del Ferrocarril también sufrió este proceso, permaneciendo intacta apenas una mínima parte de ella.  Este par de edificios, el Carré y el Vásquez, subsistieron.

A quienes caminamos la ciudad, para disfrutarla, para visitarla, para perdernos en ella, con cierto énfasis a la manera de Benjamín y antes por Baudelaire, buscar la ciudad, caminar sus calles, es un acto de fe. Lo digo en este sentido, la ciudad cambia, se trasforma. La ciudad en ebullición de un momento a otro se innova, pero el sedimento que ha quedado es la pátina del tiempo que aún deja ver, entre edificios recién construidos, nada menos que algunos otros edificios, o al menos algunas fachadas de ellos, con los cuales surgen diversas preguntas, por supuesto, relacionadas con su origen, con su uso; son su presencia.

Nunca he querido pasar al frente de un edificio sin dejar de preguntarme, ¿quién lo diseñó? ¿Quién lo construyó? ¿En qué momento lo terminaron? ¿Cuál ha sido su uso? ¿Qué materiales se han utilizado? Debido a que un edificio es la summa de un momento muy específico. Además es el emblema de un período muchas veces de apoteosis de una actividad determinada. En él se resumen diversos nombres, los inversionistas díscolos y aviesos, el arquitecto que lo diseñó, quienes intervinieron en la obra, y, así mismo, quien lo ha habitado, y de qué manera, qué materiales fueron utilizados. Es decir, un edificio no es una construcción que ocupa un terreno, ya que desde ese mismo momento se convierte no solo en una presencia sino en una huella con toda una significación.

Por esa razón al leer el libro de Luis Fernando González, El Carré y el Vásquez, Memoria urbana de Medellín en el contexto de Guayaquil, 2012, su autor ha respondido esas preguntas que el flaneur se ha preguntado sobre este par de inmuebles, cuándo en las tardes de domingo, en la década del 75 hasta esta década nunca prodigiosa del 2017, caminaba, camina, por Carabobo con San Juan buscando los vestigios de Guayaquil, ya en su caída lisa y perfecta.

Y es que en esta investigación sale a flote la construcción de Medellín hacia este sector, Guayaquil, cuando también quería proseguir más allá de esa zona, con una barrera al frente, donde los pillos de antes se escondían del asedio policial, los terrenos que empantanaban la creciente del río Medellín, pero había algo tenebroso, los zanjones que eran verdaderos focos de lodazal y pestilencia.

De ahí que Luis Fernando lleva al flaneur no solo a través de las páginas de su investigación, como por las calles, sino también por los diversos momentos y determinadas circunstancias históricas,  entregando y diseccionando a través de archivos notariales, judiciales, periodísticos, revistas, entrevistas, testimonios, la razón por la cual estos dos edificios fueron erigidos, planeados para un propósito determinado y hayan padecido los avatares de diversos usos, así como la pertinencia de algunos incendios, el abandono total, hasta su recuperación actual.

Dentro de esa topografía de la ciudad, dentro de ese indagar, un par de nombres sirven para una pesquisa, para un aprendizaje. Lo digo de una manera sucinta, por estos edificios denominados, el Carré y el Vásquez, tanto por los inquilinos, tanto por algunos historiadores y los habitués cercanos del comercio y de sus bares ruidosos. No habían caído en cuenta que el Vásquez era nombrado en honor al poderoso comerciante, Eduardo Vásquez Jaramillo, venido desde Fredonia y Venecia a hacer carrera de millonario a Medellín. Ese nombre ha bastado para sugerir, analizar la huella del ámbito mercantil y de comercio, junto a un puñado de ciudadanos como Coroliano Amador, Vicente Villa y Vásquez mismo, hasta de sus ambiciones, hasta de sus capacidades para combinar dos formas no de lucha sino de enriquecimiento al aprovecharse de los, en apariencia irrestrictos concejales y políticos, para borrar la frontera entre lo público y lo privado. En ese solo nombre, Vásquez, se entrelazan todos esos intereses, todo ese aprovechar del municipio, aquí en la plaza, hasta saber que Vásquez, refinado, se iría a vivir temporadas a Francia y dejaba encargado del manejo de sus edificios y negocios entre otros a Pedro Nel Ospina; lazos familiares.

El Carré, es una referencia a su constructor, Charles Emile Carré, arquitecto francés, que inicia ese aporte que muchos extranjeros tuvieron con su talento y presencia en la ciudad, en la forma como fue recomendado por el clero para construir la catedral de Villanueva, y en los otros edificios que construyó; o sea que él no fue una simple persona que llegó por estos pagos allende del océano, sino que Luis Fernando lo ubica y le da toda la dimensión como una de aquellas personas creativas y valiosas, el arquitecto de moda, que ha dejado una huella en la Villa.

Sí, ahí, en esos dos edificios, perdura una parte de la ciudad, aquella diseñada por los diversos arquitectos, aquella que habla desde el momento en que han sido creados, cuando se inscribieron dentro del ambiente, dentro del paisaje de la ciudad, y que con los años quedaron como símbolos, expresión de un momento, cuando el comercio se iniciaba con todo su furor. Desde el esplendor inicial hasta los incendios del Vásquez, el edificio quemado, como le dijo una generación, así como el uso en sus primeros pisos y el abuso en las pensiones del segundo piso de ambas edificaciones y de cómo, ante la necesidad de la ciudadanía, con los años, los fueron convirtiendo en pensiones miserables, en inquilinatos de baja estofa, a medida que existía el cambio de manos, ya que Vásquez estaba más interesado en vivir en Francia que en Medellín, y saber cómo, en el transcurso del tiempo, a los nuevos dueños solo les interesaba la renta, nunca la preservación y el embellecimiento hasta que el municipio decide comprarlos.

Había en el segundo piso del Carré, una suerte de café con billar con un nombre único, Club Demócrata, todo un oxímoron, porque no hay nada más antidemocrático que un club, al menos en Medellín donde la palabra, club, poseía esa aureola del Club Unión, donde no se podía entrar. No sé si este nombre se deba a ese deseo de quebrantar la llamada exclusividad, desde el punto de vista popular, como se dio con todo el peso de su significación en este espacio.

En El diablo tiene la vela de Juan Roca Lemus, Rubayata, da una idea del deterioro, del uso y abuso, del “Pasaje Carret” como lo llamaba: “El barrullo era dominante. Los mercachifles se apelotonaban y las clientelas diversas se meneaban en los bares, echados sobre las aceras en almacenes, en barberías,  con música que tronaba a todas horas. A la puerta de aquel tenebroso edificio, una mujer al pie de una mesa vendía maní, cigarrillos, fósforos y confituras. Judit se acercó en ademan de compra, solo para entrar todo el poderío de su vista, como una barrena, hasta la oscura profundidad de aquel primero piso donde zumbaban los mosquitos del pecado”.

También, en ese universo medellinense, Gonzalo Arango poseía su guarida secreta. Le gustaba visitar los bajos de este par de edificios para rememorar, en medio de unas copas de licor, el camino y fracaso de su padre, de quien no quería seguir sus huellas, ni sus empleos de acuerdo al partido ganador. En cantinas, cuajadas de aventuras de este Guayaquil ya inexistente, el nadaísta, sin darse cuenta, escribía sus pasos, sus visitas, indagaba por su ser sin horarios fijos. Pero también era un método para huir de sus sitios en otra parte de la ciudad para aislarse mientras chupaba un cigarrillo y miraba, con prudente descaro, la vida casi inexistente de los demás.

Al restituir Luis Fernando, la historia y la presencia del Carré y del Vásquez sabemos que en estos dos edificios, en su mudez, en su silencio, en este rescate de lo invisible, existe una historia, pero no aquella que va de boca en boca y se tergiversa, sino que su autor la ha devuelto desde el mar de la oscuridad, del silencio y del olvido. La ha situado y le ha dado el valor especifico a este par de edificios que se han salvado de la rapiña de la destrucción y que aun lucen su nobleza como expresión de lo que fue ese Guayaquil del comercio, de los inicios de esa ciudad que se devora así misma.

Cierto, un libro es un mensaje enviado a un presente como cuando se arroja una botella al mar del tiempo. Apenas ha llegado a mis manos y lo he leído de un tirón, buscando esas preguntas que me había hecho desde la década del 70 cuando mis manos pasaban por las paredes de esos edificios y nada sabía de su origen, mi de la poesía negra de su decadencia hasta nuestros días cuando el municipio los compró y así, en ese aggionarmento, se preservaron ambos, cuando en su entorno la Pasteur y el Pasaje Sucre habían sido destruidos, así como la configuración de la plaza.
En este libro no solo perdura lo que podía denominar la vida útil del Vásquez y del Carré, su restauración, extraña con dos arquitectos diferentes, sino que la investigación minuciosa, acertada, le da presencia al poder de evocación de estos dos edificios que Luis Fernando devuelve a la presencia, para reintegrar una parte de Guayaquil con el estrépito de su comercio, de sus gentes, antes de que el inclemente progreso mal planeado acabara con las otras huellas. Ya se fueron la de los bares que solo han sido registrados en algunas anécdotas, así como los teatros, así como las distribuidoras de abarrotes.

Su indagación, la mesura de su escritura, está impregnada de un compromiso lúcido que se mueve entre los meandros sinuosos de la historia, donde notamos la exclusión de lo ético en favor de lo político, entre el concepto de lo popular que redefine los territorios con su uso del suelo, con su abuso, con su justificación. Ambas zonas en las cuales se disuelve este concepto de ciudad, que a pesar de todo, es capaz de renovarse, de regenerarse, de reescribirse, pero también de olvidar. De ahí la importancia de este libro, que es un aporte extraordinario, creativo, esclarecedor, documento indeleble, abierto a tantos interrogantes acerca de una sola pregunta que nunca será respondida, ¿Qué es lo que pasa en la ciudad, que algún día fue de la eterna primavera, nunca de Praga, por supuesto? Así la lectura prosigue en este análisis ya nunca archivado, y dispuesto a reconsiderar con sensible fidelidad los valores, el trasunto de nuestra idiosincrasia de ideas fijas, de negocios y de cierto énfasis en el triunfo personal, pero Luis Fernando González, lúcido, atento a la transformación de Medellín, pone a prueba los conceptos de progreso con esos valores antagónicos cuando los sucesos de la realidad tergiversan todo tipo de idealización del pasado. Crudo e inteligente, su autor, ubica y redefine parte de un hito histórico casi perdido. De tal manera este libro recobra un reciente pasado y evita que se diluya ya que, como en un palimpsesto, su autor recobra, disecciona, indaga, escribe, describe, e identifica, ese largo viaje a la memoria perdida para devolverla al presente.

Este texto escrito sin especulaciones ni improvisaciones, con unas pulcras imágenes y razonamientos, acercan al poder de la nostalgia; eso sí, sin trazas de ostentación menos de esa diletancia que entregan quienes se refieren al pasado como un cúmulo de anécdotas y desactivan cualquier explicación.

Luis Fernando González es sinónimo de prudencia, sus investigaciones compensan, aciertan, abren una pregunta y dan la explicación buscada. Sus investigaciones hay que leerlas sin afán, de una manera diáfana ya que destilan las convicciones de su fecunda seriedad para así comprender que dentro de toda esa sensatez, donde se entrecruzan diversos saberes, acaba explicando esa ardua relación entre lo moderno como predeterminado por el pasado.

En la ciudad de las huellas invisibles, este texto posibilita las repuestas sobre el cambio de paisaje, cómo ha sido transformado de una manera inclemente. También facilita interrogarlo desde la certeza de una ciudad que se construye y auto destruye con escasas alternativas de valoración y menos de conservación. Así, desde varias perspectivas, Luis Fernando, al internarse en la historia, detecta detalles que han pasado inadvertidos y nos devuelve una justa memoria, fresca y vital, donde aprendemos, aprehendemos, escudriñamos que estas huellas aún perduran. De tal manera podemos visitar este par de edificios -ornamentados con la magnificencia del ladrillo desnudo-, apegados a la memoria recobrada en su libro que nos sorprende.


VIDAS DE FANTASMAS / Raúl Mejía





VIDAS DE FANTASMAS

Raúl Mejía

I
Apartamento 1407:

Debería darse precaución al conducir seres amados.
Quizá tapiz de hojas oculte tropiezos
Generando angustia, sinsentidos.
Llegaba -melancólica alegoría-,
Indagando resuellos, perspectivas.
Sobresaltadas imágenes daban rienda suelta al tiempo:
Desorden, huidizos colores,
Pavesas que futuras nostalgias cerrarán círculos.
También inquiría sobre escasez, nubes,
Hermetismos, mañanas:
Argucias consecuentes entre solitarios,
Cortinas, luz cansada.
Fue constante adoptar riesgos
Y sí, macabra sonrisa, lanzarse.
Ah eternidades desdoblándose,
Vaporosa ubicuidad fracasando…




II

Aula 205:

Abrumadora perfección de tus cejas,
Deseo que no atrapan tizas, pero trasciende.
Adolescente, deshabitada de prejuicios,
Propiciabas terribles secuelas nostálgicas…

Abría puertas, ventanas; desalojaba acechanzas.
Temía lo poco que abrazaríamos densidades:
Seguiste creciendo
Seguí envejeciendo…

Años después recorro jocosas prohibiciones,
Permito a íntimas anécdotas
Su libertad ante explicaciones innecesarias.
Difícil prolongar sensaciones
Que vacilan entre tristezas y alabanzas…




III

Pasillos universitarios:

Admito jamás haberme ido,
Ojos atenuando despedidas.
Salvo instantes para dormir o ejercer demencias,
Era lúcido aquel tiempo, su vehemencia de recuerdos.
Similares en cabellos e ironías,
Repetíamos sesiones, alegrías,
Atentos al abrazo de penumbras y luces de neón…

Pasillos en convergencia a sombras, duermevelas,
Huellas retomando orientaciones, tardanzas.
A diferencia de displicentes transeúntes,
No elegí intrascendencias:
Permaneceré allí,
Intacto entre humedades, nostalgias…


IV

Quicio calle 30ª #74-68:

Ponientes calurosos forzando ausencias.
Erguido, perdía de vista somnolientas sombras.
Hacia el crepúsculo tomaba asiento,
Escuchaba música, abría páginas.
Domingos en particular, festivos,
Juventud clamando roces, aires furtivos.
Durante lluvias y furia de rocíos,
Aportaba mi rostro como fugaz espía.
Festejaba tardes rápidamente grises:
Solitaria placidez preconizando nostalgias avasallantes.
No asumo reclamos, desprecios
Ante cambios de fachadas, aceras, respiraciones.
Vuelvo allí, descifro códigos, reconozco sensaciones:
Fantasmas no se inquietan
Ante mutaciones de piedras, de huesos…





V

Taberna “Nebraska”:

“Who´s gonna drive you home tonight?”
DRIVE, The Cars -1984

Distancias simétricas,
Espectros renovándose.
Acudidas cervezas, mezclados humos,
Éramos jóvenes retomando noches, seducciones.
Ha poco viajes nostálgicamente épicos:
Vaso a vaso esos instantes recobraban nitidez.
Recuerdo quedarme a solas,
Iniciando extensa colección de fantasmas;
Minutos después hermosos compañeros,
Versos leídos, versos escritos, versos perdidos…
Liberábamos lastres, inhibiciones
Y copas más, copas menos,
“Drive” era nuestra balada.
Taberna “Nebraska”, octubre de 1984:
Siempre, 1984…



VI
“MORE THAN A FEELING”
BOSTON

Verano de 1986:

Varios matrimonios,
Hijos, nietos quizás…
No lo sabíamos durante ese verano
Mientras solicitábamos cervezas, penumbras.
Dejamos de transitar aquellas calles:
Cuerpos jóvenes poco proveen fantasmas.
Recuerdo advertirle
Sobre lo fracasante de morirse pareja,
Pero desoyendo peroratas
Se acercaba, espléndida de labios y susurros.

El tiempo de caminar deseándonos
Deslíe abismos amenazadoramente nostálgicos.
Resonancias persisten
Y al oír nuestra canción pareciéramos regresar:
A medias modulábamos,
Besos, roces, cervezas erotizaban instantes;
Sombras nuestras danzaban lentas cegueras.
Luego (y ahora),
Cada quien tras deslices de herrumbres y pesadillas…


VII

Infancia, días de 1972:

Altos techos,
Más altos a través de la oscuridad.
Respiran bien mis hermanas,
Ejecutan espasmos distanciados padres.
Contemplo ausencias,
Padezco precoz insomnio entre penumbras.

Terribles movimientos,
Más terrible debido a toscas fraternidades.
Discuten fantasmas su incapacidad de alturas,
Se allegan insectos preconizando llagas.
A solas hablan inciertos ángeles
Y la mañana es rescoldo en ciernes.

Tristes recuerdos,
Más tristes entre abolidos rocíos, brumas.
Hundirse, de todos modos, en asfixiantes sueños,
Angustias disponiendo la mesa…
Volver implica cenizas, festejos:
Nostalgia exigiendo extremos suicidas.


EL CUENTO A RELÁMPAGAZOS / Juan Mares



EL CUENTO A RELÁMPAGAZOS

 Juan Mares

                                                                                                            Morelos. José  D. Hojas breves.
                                                                                                       Impresores Libros Lealón. 
                                                                                                          Medellín, 2015.

Decía un fantasma que el arte de contar cuentos es tan antiguo como unos primates alrededor del fuego en una cualquiera noche, mientras  pausaban para contar sus peripecias del trayecto andado con una que otra exageración y así cultivar la fantasía. Alguien argumentó que este arte empezó cuando el pastorcito gritó: “¡El lobo, el lobo, ahí viene el lobo! Salieron los vecinos a socorrerlo y ya se había ido el lobo.”

Manuel Mejía Vallejo, todo socarrón decía: “…el cuento tiende a contar cosas. Contar cosas es necesidad humana.” Así, de manera simple o sencilla decía el viejo maestro del arte de contar cuentos sobre este asunto. Y es lo que hace nuestro escritor Morelos. Con su propia suspicacia va enhebrando sus pinceladas o brochazos con el tinte poético de las palabras.

En el cuento breve y más que breve mini cuento hasta llegar a lo atómico, se da la síntesis llevada a los extremos más lacónicos como una agonía del relato de largo aliento. Ello ocurre en los tiempos donde el qué leer abunda con faraónica desmesura, cuando los libros se desbordaron a las páginas de la Internet  y el tiempo apremia ante el bombardeo constante de tanta información, falsa, verdadera o imaginativa. Lo curioso es que el cuento breve, entre más se resume la historia, ésta se acerca más al campo del poema y, a veces, se asoma la poesía.

Todo lo imaginativo es proyecto de verdad, como una novela de Julio Verne en el pasado o como algunas utopías preconizando sociedades futuras; donde se vea y sienta mayor comprensión, desprendimiento y equidad entre los seres humanos.

José Morelos irrumpe en el plano de la literatura urabaense como un condimento que salpica las pequeñas historias con ironía y sapiencia profunda, sacada de algún rezago oriental en su sangre de tierras valencianas de la sabana cordobesa. Es un escritor que propone su primer libro madurado de su experiencia en el seminario y formación en los colegios del Golfo de Urabá. Sin embargo su principal estímulo, para lanzarse como escritor, quizá lo recibió del Taller de Escritores Urabá Escribe, cuando alguna vez presentó sus primeros esbozos a dos de sus integrantes. Estos le pidieron que si se quería untar de escritor hasta tomar cuerpo sólido, debía acercarse para sostener un diálogo de pares entre dicho grupo. Lo cierto es que acató el consejo y llegó a tener la dirección del mismo como un aprendizaje entre la historia, la teoría y la práctica de la literatura.

En el trabajo de Morelos se puede apreciar un camino de relámpagos  donde se van tejiendo una serie de historias salidas, a veces, de lo absurdo pero que golpean como una ola en el acantilado del subconsciente. Lo sórdido con elegancia como en su página de TERROR:

“Caminando por el bosque, se detuvo justo al frente de un árbol sin una sola hoja.
¿Qué pasa?  --Preguntó su tío.
--Es que le temo a los esqueletos.
--No hay ninguno por aquí.
--Ese de allí es el esqueleto de un árbol.”

Sin duda alguna se nos recuerda el asunto de la muerte pero también el de la ecología y la reflexión sobre la vida en todas sus manifestaciones.

La ironía ante los jueces venales se da cuando en el mini cuento “Evidente”, se espatarringa en una sutileza  donde golpea como un pañetazo de boñiga de vaca en una cara de abogado común y suelta las palabras sobre el ring de la veleidad cotidiana:

“Estaba poniendo una denuncia de maltrato físico.

--¿Tiene usted algún testigo? –Preguntó el Juez.

--Sí, señor juez. Yo estaba presente en ese momento cuando él me estaba pegando.”

Como si los simples moretones no fuesen una evidencia, la queja inútil de una angustiada mujer y el simple valor de ir a poner la denuncia no fuesen suficientes para pararle bolas a este tipo de vejaciones. Claro que hay denuncias mimetizadas en el transcurso de los textos y ello ya es de un valor de doble fruto en el arte de escribir, no solo para manifestar bellezas, sino para poner de presente nuestras lacras cotidianas.

Lo sórdido se hace presente en varias de sus páginas, veamos:

“--Le advirtió que si se iba, nunca más lo volvería a ver.

Ella lo escuchó pero continuó su camino y nunca más lo volvió a ver.

Le había sacado los ojos.”

Aparecen por igual la reflexión filosófica  en la relación de pareja y no es sino observar el primer texto conque abre el libro en su página trece:

“Se amaban tanto que estaban a punto de lograr lo mejor de su relación:

La distancia y el silencio. “

Sintetizar es condensar historias en lo esencial del movimiento traslaticio del corazón humano: ambivalente, disyuntivo, complejo y simple, impávido, agónico, predispuesto al grito y por igual al silencio.

José Morelos ya era escritor desde antes, solo que ahora le resultó salpullido y ha empezado a rascarse como escritor urabaense.


                                                       
José D. Morelos. Profesional licenciado en filosofía de la Luis Amigó (Terciarios       Capuchinos),  Exdocente de aula de clases en el área de sociales.   Exdirector del Taller de Escritores Urabá Escribe. Actualmente es promotor de lectura, escritura y acceso a Bibliotecas Públicas del  Ministerio  de Cultura Nacional en el proyecto Comunidad-es Arte, Biblioteca y Cultura: escenarios para la paz. Designado para el municipio de Necoclí. Residenciado en Apartadó- Antioquia.
  



lunes, 15 de mayo de 2017

48 Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico Guayaquil/ Jairo Osorio





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48 Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico Guayaquil, Jairo Osorio

Guayaquil

Familia de Jairo Osorio

Víctor Bustamante
        
Tantas historias, tan rudas, tan vitales, tan particulares. Pero han pasado tantos años que se convirtieron en leyendas, y esas leyendas citadinas, sobre los guapos, sobre el hampa, sobre los duelos, sobre los bares donde el tango se enfatizaba, sobre las aventuras con diversas mujeres que poblaron y establecieron su monarquía, junto a las diversas pensiones para viajeros y vagabundos; todo envuelto por esa poderosa actividad comercial -que dieron a Guayaquil pábulo para que haya sido mitificado-, ha sido borrado de una manera brutal por las siglas del “progreso” a lo paisa, que adecuó este barrio hasta reducir su áspero concepto de lo popular a un acervo de historias perdidas, regadas en diversas crónicas y en la memoria de quienes habitaron esas noches, pero que es posible rastrearlas en conversaciones o en el santo oficio de la lectura como almacén ya oscuro de la memoria. De ahí que los libros de autores que fueron testigos, fieles a veces, insuficientes otras den la versión de este lugar.

La aureola de Guayaquil es variable, va desde el comienzo, bordeada de ciénagas hacia el sur, en la zona del mercado público, hasta convertirse en la Plaza de Mercado, y lugar de llegada para los viajeros del tren, centro total de mercaderías rodeado de bares y pensiones donde los viajeros y las putas dan el sinónimo de su presencia. Viajeros y putas siempre andan mezclados; con ellos, lo efímero, es su finalidad.

Ahora ese territorio, como una partitura de la historia, ha perdido ese carácter de popular, ha sido reemplazado por el comercio con sus vendedores, sus dependientes y secretarias, que reemplazan a las putas, comerciantes, viajeros y trúhanes siempre con pensamiento variable de acuerdo al mejor postor, a veces se juntan. Unos reemplazan a otros. Por esa razón la escritura entrega sus versiones.

Hay una novela, Aire de Tango de Mejía Vallejo (1973). Su personaje, Jairo, llega a Medellín desde Balandú, como muchos, huyendo de la Violencia con el contraste de que nació cuando murió Gardel. Así su irrupción en Guayaquil posee esa intensidad cuando lo que acaba -y lo que respectivamente empieza- no es sólo un año determinado y ni siquiera una celebración, sino la idealización de ambas vidas, la de Gardel al morir quemado como un santo, y a de Jairo al imitarlo ya como cantor nunca como guapo y cuchillero. Este va a un lugar específico: la cantina de don Sata. Pero Vallejo con sus amigos intelectuales iba al Bar Martini por Junín donde Guayaquil en esa frontera era algo más sano y menos peligroso. De ahí que Arenas Betancur añadía que Mejía Vallejo conoció a Guayaquil en taxi.

En El Diablo tiene la vela de Juan Roca Lemus, Rubayata, (1980), pone de relieve la presunción de Judit para esperar, como lo realizaron muchas personas, que en su oportuno viaje, pura emigración, y llegada a Medellín que lograrían felicidad y buena suerte, la que nunca consiguieron, al ser empujados a esa parte de la ciudad que ellos nunca pensaban, Guayaquil. Esta novela casi olvidada, tan irremediable en la prescripción del mal, como némesis del que busca sobreaguar está exenta  del fatal pesimismo de muchos personajes que sucumbieron en las calles que, con la  retórica popular a la carta, anunciaban inagotables catástrofes y en pregonar que la vida en este lugar de comercio no era más que supervivencia, vacío de empezar desde lo bajo, traspiés y horror de una vida trágica. Este texto de Rubayata en cambio está impregnado de un amor a la vida y una huraña espera de lo que nunca se conseguirá: la felicidad, desmentida por la sucesión de los años, pero ellos continúan viviendo, con temor y temblor, mucho ánimo y permiten sentir el dolor y el absurdo con mucha mayor fuerza que la catástrofe que se presenta, ya que se vive sin indolencia. Hay referencias a personajes cumbres: Masato, porfiriano a ultranza, que afirmaba como Guillermo Valencia le había robado el poema Anarkos, Tartarín Moreira merodeando con su guitarra, y una presencia muy definida de Guayaquil signada en la Plaza de Cisneros, en Carabobo, la pensión suroeste, la iglesia de San Antonio, la Estación del Ferrocarril, La Payanca, los teatros.

Gonzalo Arango en Después del hombre, (2002), novela póstuma, se mueve entre la pretensión del estudio hasta el límite de su educación sentimental donde su existencialismo, vía Guayaquil, acosa a Vidal Cruz, obrero de Coltejer y estudiante de derecho. Su atención se ha centrado en la vida nocturna, ya que Vidal habita los burdeles, los cafés de baja estofa. Vidal posee un espacio preciso la Estación de Ferrocarril y sus alrededores donde llegan solitarios a beber y a buscar placer.

Diocelina, Blanca, y Lina, así como una damisela que le canta mientras se adormece, son las cautivas de Vidal Cruz. A una de ellas, en el bar el Paraíso Perdido, le regala un libro de Danunzio, El triunfo  sobre la muerte. Es su búsqueda de prostitutas para realzar su caída al lado de ellas, con ese pesar que lo acorrala, ya que a veces deja el martirio del deseo y solo quiere buscar compañía, como expresión piadosa y romántica, al negar el deseo y asilarse en esos cuerpos que durante el día y el resto de la noche fueron propiedad efímera de otros personajes anónimos. Vidal Cruz asume ese carácter de misticismo erótico, de salvación, amo del placer y al mismo tiempo lo niega. Es esta novela una suerte de acto de contrición. Vidal les entrega dinero pero no busca placer solo busca conversar y una buena compañía. Ellas no lo entienden, a pesar de que llega como un cazador solitario a esos cafés de Guayaquil. Poetas y putas son los otros transeúntes de lo efímero.

Jairo Osorio en Familia, (2015), desde el interior del barrio, de Guayaquil, habla de la circunstancia de un nuevo tipo de hombre, en un estadio de ocupación distinto -en el modo de ser y sentir, vivir- es la representación del individuo tradicional, aquel que madruga a abrir su negocio para proteger y mantener una familia. Es un individuo de capacidades potenciadas como negociante y más dotado que los demás. También refiere una nueva forma del ser, no ya compacto sino instaurado, por una diversidad de personajes con una mezcla de núcleos espirituales y pulsiones no apresados antes por la escritura dentro de la rígida coraza de la individualidad, los primeros mafiosos.

Camino, caminamos, esas calles y los lugares que en su novela ha escrito y descrito Jairo Osorio. Pocas veces se hace con un autor un recorrido en este sentido, de esa manera se sale de la rigidez de las palabras y se entra a la visibilización de esos territorios, donde nombres de cafés, como el Buen Tinto, el Bola Bola y el San Cristóbal desatan como una premisa, una suerte de curiosidad, una cadena de significaciones. Y sobre todo, un punto de vista diferente. No en vano existe una indagación muy manoseada entre algunos teóricos entre la ficción y la realidad. En este caso esa pesquisa queda pulverizada, porque  la evocación de esos instantes que refiere la novela, los cafés mencionados, le dan identidad al lugar; es decir, a las calles del barrio, de esta parte de Guayaquil que no había sido contada, ya que en esas calles y en esos lugares al ser narrados, aprehendemos la vida que ha discurrido, las presencias, las vivencias, las actividades, los cambios y lo más perenne, las personas que entraban, que habitaban esos lugares, que lo habían convertido en su centro de operaciones, su sitio de llegada, de visita, de encuentros. Posta citadina. De ahí que esos bares donde el autor ha trabajado dan la significación de quien los ha vivido hasta las horas de la noche desde las madrugadas donde Osorio da una visión totalmente diferente a la que hemos tenido de Guayaquil, el Guayaquil trabajador, de tesón, de personas honradas donde el cambio de hora obligaba a esos cafés a cambiar oficio de vender tinto en las mañanas, hasta sitios de bohemia y amoríos ligeros en las noches.

Pero si en esta jornada por Facio Lince, por Salamina, por Maturín, por Ayacucho existen  puntos de referencia de su novela. También es cierto que camínanos por lo absurdo de la ciudad. Hay otro centro comercial con un nombre ominoso, Molino Viejo, con esa costumbre de los urbanizadores de darle un nombre a una esquina donde funcionó el molino de más peso que tenía la ciudad, la Harinera Antioqueña, destruido de una manera inmisericorde. En la otra esquina aún se concreta como un adefesio, ese que hiere a quienes, como Jairo Osorio, relata cómo era el interior de ese edificio. Caminamos por las ruinas de la ciudad que se acicala de mercaderías de contrabando y erige el poder de este tipo de comerciantes, dejando de lado la capacidad de producir y también de perder sus lugares porque ciento diez años de la Harinera Antioqueña con el molino de madera desbaratado y perdido solo ocurre en la ciudad cuyo Centro Histórico es una soberbia risa, así se lea en los avisos a las entradas de Medellín.

Con Jairo arribamos a lo que fue el Pasaje Sucre demolido sin compasión durante la alcaldía de Luis Pérez, lo cual le hizo acreedor a su primer premio internacional, el Atila, por la destrucción de un bien patrimonial.

Del Guayaquil de la leyenda solo han quedado estos cuatro libros, cada uno dando su versión de ese territorio. También hay investigaciones, tesis, relatos, cuentos. Incluso textos inacabados de Tartarín, de León Zafir, de Oscar Hernández. También existe un libro como Guayaquil, una ciudad dentro de una ciudad de Alberto Upegui Benítez que le falta ser más puntual en algunas crónicas.

El repertorio sobre Guayaquil hace alarde de una sorprendente jactancia de crónicas y artículos, de anécdotas y personajes, y seguirá incluso cuando se cumplan bodas, centenarios de la ciudad o mirando fotos de manifestaciones, pasando por Salvita que cae de nuevo en su fatídico acto, también sigue la puesta en escena de rememoraciones, fotos sobre los edificios para mostrar cómo eran antes, remembranzas de lo popular, como simples decoraciones del avance y de la extinción que a menudo nos gusta mirar, como acto depravado de la nostalgia con la compañía de un algún tango de Larroca, de Aguirre, de Moreno de por medio.

En los umbrales de este siglo ya no existe ningún pathos de maldición o de bohemia, pero sí ciertamente un profundo sentido de la transformación radical de Guayaquil, cuyo nombre se desvanece por el de El Hueco como sinónimo de quienes reemplazaron el comercio del mercado familiar por el contrabando y los contenedores para compradoras histéricas con baratijas de fantasía. Guayaquil de esa manera sufre un aletazo ante la globalización y por consiguiente una sentida e indiscutible adecuación, restructuración y un profano desmantelamiento, ajuste y significación de vivirlo, de concebirlo y administrarlo. Cierto, Guayaquil se deshace ante nuestra mirada.


jueves, 11 de mayo de 2017

paro nacional del magisterio 2017 /día 1/


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paro nacional del magisterio 2017
día 1
víctor bustamante
las reuniones inútiles después de seis meses de negociación y de negación
para concluir que a lo empleados estatales, en este caso a los maestros,  se les da caramelo
caramelo desde hace años
incumplimientos
mentiras
reuniones
y más reuniones
luego seguirán otras reuniones con directivos que no tienen ningún poder de decisión
hasta que llega el ministro de hacienda y dice que no hay dinero
o sea
que se han perdido
seis meses
botando corriente, mucha corriente
cuántos años van con el mismo problema sin solución
con la misma insensibilidad de ministros y presidentes
miremos hacia atrás y desde ahí viene esa irresponsabilidad de exministros y expresidentes
hablando, reuniéndose, llevando proyectos, cuadrando cifras para entretener y enternecer  a los ingenuos negociadores
o sea
ya se sabía del incumplimiento desde quienes nunca han dado una clase en su vida
nunca han sabido concertar sino con la ficción
nunca han sabido considerar sino con las quimeras
mañana y pasado mañana y hasta otros años aparecerá el caramelo disfrazado de concertación
y los negociadores del magisterio probando más de ese mismo caramelo
el caramelo que le dan a todas las asociaciones
a los sindicatos
porque la mermelada costosa es solo para las cámaras legislativas
en el país donde los partidos politicos han sido arrodillados con mermelada
¿dónde está el  señor elegido por millones de votos?
¿el patriarca que ha prometido la paz?
¿dónde anda el señor de la comarca que en tono grave habla y habla en la tele y no da soluciones?
¿de dónde saldrá el dinero para la llamada paz de algunos?
¿estará raspando la olla?
¿explicando lo de reficar?
¿revelando lo de odebrecht  de la cual no se dio cuenta?
¿o buscando otros espejismos como las locomotoras mineras?
¿o aun leyendo el nuevo maquiavelo?
¿dónde estará el ministro? ¿siguiendo las huellas de otros ministros?
¿saben lo que es exigir en la calle?
¿saben lo que es una marcha?
¿estará el señor de la comarca mirando la medalla del nobel de paz,
¿o brillando la orden nacional del mérito en el grado de collar mariscal francisco solano lópez?
¿o exhibiendo la orden nacional ‘josé matías delgado’ en el grado de gran cruz?
¿o enmarcando  la insignia de oro?
¿o lleno de mansedumbre con la condecoración de la universidad de miami?
¿estará el camarada santiago y timochenko  sorprendidos con los premios gernika por la paz y la reconciliación, mientras el país lo despedazan y los maestros siguen en la calle?
¿estará el señor de la comarca ideando con sus asesores otro caramelo más dulce y más alambicado para darle a los negociadores del magisterio y entretenerlos otro año?
¿o andará buscando un nuevo y mejor amigo para traicionarlo?

día 1
mayo 11 / 2017