Guillermo
Cabrera Infante, Forever
Para Miriam Gómez
Víctor
Bustamante
Cuando el
boom literario vivía su apogeo, también existía otra connotación: ser de
izquierda para posar de consecuente con ese despelote monumental que es y ha
sido Latinoamérica. Era le época de los dictadores de derechas o militares con
sus golpes de estado. Solo brillaban, como respuesta, quienes eran amigos de
Fidel, sí, el tirano. En un comienzo estuvo Vargas Llosa hasta que sucedió lo
del premio en Venezuela y el denunció a Haydee Santamaría por invitarlo a que le
dieran el premio al partido comunista venezolano que así mismo ellos luego
reembolsarían el dinero del premio. Luego Cortázar, a pesar de su lucidez, se convirtió
en un viejito verde de la política al escribirle a Castro pidiéndole casi excusas
y diciéndole, caimancito, solo por haberlo criticado.
La ruptura del boom fue en el caso Padilla cuando Goytisolo le pidió solidaridad a García Márquez. Este se excusó, todo en él era así, eterno enamorado del poder, genuflexo siempre convivió allí. Por eso en el Otoño del Patriarca escribía sin darse cuenta de la tragedia y pantomima de su amado Castro. Cínico le diría Sontag. Nunca le perdonaron a Borges haber hablado sobre Pinochet, mientras todos los que apoyaron a Castro ocultaron y no se dieron cuenta de la clase de tirano que se incubaba desde otra dirección. Terminaron criticando a Borges que fue marginado por los llamados intelectuales de la perversa izquierda que ya dominaban los medios. El otro grande, Cabrera Infante, casi se le considera un apestado.
La ruptura del boom fue en el caso Padilla cuando Goytisolo le pidió solidaridad a García Márquez. Este se excusó, todo en él era así, eterno enamorado del poder, genuflexo siempre convivió allí. Por eso en el Otoño del Patriarca escribía sin darse cuenta de la tragedia y pantomima de su amado Castro. Cínico le diría Sontag. Nunca le perdonaron a Borges haber hablado sobre Pinochet, mientras todos los que apoyaron a Castro ocultaron y no se dieron cuenta de la clase de tirano que se incubaba desde otra dirección. Terminaron criticando a Borges que fue marginado por los llamados intelectuales de la perversa izquierda que ya dominaban los medios. El otro grande, Cabrera Infante, casi se le considera un apestado.
¿Y qué ocurrió
luego con Cabrera infante? Fue marginado por sus propios amigos del boom. Y a más
de eso cuando se iba a exilar en España los tentáculos del castrismo lo impidieron
y debió irse a vivir a Londres. Solo una persona lo acompañó en su resistencia
de disidente que era la única posición política clara: Miriam Gómez su mujer. Y
un gran escritor que fue capaz de criticar los abusos y mentiras de Castro,
Mario Vargas Llosa.
Y por supuesto,
que con sus ensayos nos abrió los ojos con respecto al trato que muchos personajes de izquierda latinoaméricana le daban al tirano caribeño. La situación en La Habana
no era como habíamos pensando. ¿Libertad?, pura palabrería, y lo peor, a pesar
de ese libro de denuncia, de la situación cubana, Mea Cuba, muchos intelectuales
aun piensan que al vanguardia es el régimen desueto de un emperador del
odio como es Castro.
Hasta aquí
una forma sucinta de su claridad política, y de su valor civil al denunciar el
ambiente político y social en declive de la isla.
Ahora hablemos
de literatura.
En la década
de los años 70 se leía con denuedo Tres Triste Tigres de Cabrera Infante en Medellín.
Aun andaba embelesado con Cortázar y con Onetti de quien no he perdido mi amor.
Incluso hubo un lugar, que prefigurará luego: los bares de salsa de la ciudad,
en su homenaje: Los Tres Tristes Tigres donde nunca fui. Pero en ese tiempo no quería leer a TTT
porque lo asimilaba a novelas pesadas y aburridas como las de Carpentier, como las
de Jorge Icaza y Ciro Alegría que eran las enseñadas en los colegios como
referencia. O la de algunos autores de Centroamérica, como Asturias, que sus libros se me caían de las manos.
Nunca quería
leer a Cabrera Infante. Hasta que un amigo, un hombre llamado Jesús, me llamó y
me dijo, léete ese libro: La Habana para
un infante difunto. Confieso, lo leí de un tirón, y aun lo sigo leyendo
como todos los libros de Caín. Me gustaba esa manera de Cabrera Infante de acercarse
a lo popular, a lo erótico, al habla, y a un campo donde pocos escritores incursionaban
como es el cine y la vida en los teatros. Y a más de eso a caminar de su mano por las calles de La Habana. y así, sentir esa ciudad como si la transpirara y transitara
cada que lo leo. Luego sus libros me abrieron esa buena dosis del mundo que me
hubiera gustado escribir, y de él lo aprendí, y por eso su presencia en mi
escritura, es la presencia de mi maestro. Sé el plano de sus calles, de los lugares
donde vivió, de sus paseos en su auto por el malecón, de las noches habaneras,
de sus mujeres.
Poseía el
mito de los escritores que viven y traspiran la ciudad. Uno de ellos, Joyce y Dublín,
pero sospecho que es por la traducción que hacer perder el color local, que es
lo que da peso a la literatura y no me llega. Uno lo lee pero algo falta en las
traducciones. No sé qué es; pude ser el significado de las palabras. En la traducción eso, su tono, se
pierde. No encontraba en Cabrera Infante,
el tono intelectual de algunos escritores de su generación, que matizaban, pensaban sus escritos con cierto apartamiento que hacen perder lo valioso en la
literatura, la pasión.
Cabrera
situaba La Habana en toda su dimensión y con su transgresión. Me sentí mirándome en sus libros, y en él vi lo que pocos
escritores, por su incuria en no conocer las ciudades, sí hizo Cabrera: uno
siente La Habana descrita y escrita en sus calles, sus cines, en sus plazuelas,
en sus personajes. Cabrera en ese sentido da dimensión a la ciudad, la vive,
la ausculta. Y no solo eso, capta de oído lo que se hablaba y la música, por supuesto,
no escapa a su peregrinaje. En él está la cubanidad en su grado máximo.
En La Habana para un infante difunto se
aparta de su amado Joyce que tanto lo influenció en TTT. Lo cual no es ningún
dato sospechoso. Uno viene de algún escritor. La originalidad no existe sino en
los escritores que se leen, que te antecedieron. La originalidad de la escritura
está la tradición literaria. Uno viene de alguien. Con La Habana para un infante difunto, escrito en el exilio de verdad,
no el exilio rosa de algunos escritores latinoamericano que lo fingieron en
Europa, Cabrera nos abre las puertas a la lectura de El Satiricón y al poder de
la nostalgia descrito por Proust. Él da otra dimensión a La Habana, La Habana
del recuerdo, tan nítida, que uno la siente. No La Habana destruida por la utopía
de la revolución, convertida en el negocio particular de una familia que masacró
la economía de una isla. Una Cuba que era reconocida y estimada en el mundo por
sus intelectuales por su carácter, siendo rebajada a una simple provincia del marxismo
tropical y a la pobreza.
Hace 10 años
se murió en Londres Guillermo Cabrera Infante, mi maestro, uno de mis grandes y
amados maestros de la literatura. Él nunca calló ante los crímenes del
castrismo y su lucidez aún se mantiene intacta. Así haya muerto en el exilio, perdura
su honestidad intelectual, su compromiso con la literatura. Siempre escribió sobre
lo que él quiso, nunca novelas por encargo, lo cual lo sitúan en el país amado
de los grandes amigos con los cuales se busca una buena conversación y el
continuo aprendizaje que es la vida, el proceso de creación de un escritor.
Hoy le
podría contar al escritor, a Cabrera Infante, como sus detractores continúan
embozados en el mundo sucio del silencio, del interés y ambición personal, ah,
y de la indolencia con el otro, con los disidentes. Le contaría que su país se
cae a pedazos. Pero que su literatura, su férrea honestidad intelectual, sus
libros, aun nos dan la vivencia, la calidez de La Habana. Pero sobre todo su
presencia allá en su casa de Gloucester Road donde su exilio nunca fue dorado.
Felictaciones mi amor
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