martes, 6 de marzo de 2018

Vindicación de Agustín Goovaerts / Víctor Bustamante / 58. Patrimonio Histórico de Medellín





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58. Patrimonio Histórico de Medellín

Vindicación de Agustín Goovaerts

                                               Para Luis Fernando Molina Londoño
Víctor Bustamante

Desde afuera  la mole uniformada, compacta. Ya cerca, llama la atención la diversidad de formas que la han nombrado, la asimetría de sus detalles, ya sea en los muros con cuadriculas, en las ventanas, en el relieve de las puertas; todo perfilado con una dignidad, con un cuidado, que de inmediato remite a querer indagar los diversos nombres de sus ventanales y arcos, de sus columnas y pisos, así como a saber que ese es el legado que remite a un estilo muy específico, el gótico flamenco, y como, a través de su creador, de su artista, ha dejado un legado, ya que para construir ese edificio, ha sido necesario que el azar gestione sus encuentros, que Goovaerts haya estudiado con Horta y que a alguien en Medellín, Pedro Nel Ospina, se le haya ocurrido buscar un arquitecto en Europa para que traiga la memoria inmensa e inmersa en este estilo para que Goovaerts conceda algo diferente en la abrupta y, a veces, descuidada y titubeante arquitectura de la ciudad, donde incluso muchos de sus colegas por pura envidia al no acceder a los contratos públicos denostaron de él hasta hacerle la vida imposible, pero él en su dignidad nunca discutió con sus detractores. En el fondo sospechaba que había dejado una obra muy superior a la de los canallas que lo sacaron de la ciudad.

La lista es larga Tulio Medina, ¿dónde están sus obras? El envidioso de Pedro Nel Gómez, que refería acerca de su estilo como mojigato, a pesar de haber sido su alumno, y no solo criticó el estilo del Palacio de Calibío, sino que rediseñó el Palacio Nacional también de Goovaerts con ridículas losas de granito que quedaron como un esperpento durante muchísimos años. Todos ellos aun buscan el estilo de una arquitectura nacional en el pozo sedimentado de sus odios sin encontrarla. O como presentar el inusitado juicio de León de Greiff, que la citaba con su chiste flojo y su acedia, la Abadía de Goovaerts, sabiendo lo que le ocurriría más tarde a él mismo con su barroquismo poético a ultranza, y a la misma incomprensión de su poesía y a la diversidad de sus heterónimos, tan relegados.

Ante esta caterva de detractores, en tumulto y con la crisis económica, no se pudo acabar el edificio ni la presunción de tumbarlo muchos años después, y menos, el maltrato debido al hacinamiento y el deshonor de la burocracia rampante, acostumbrada a  su mal gusto, que deterioraría durante unos cincuenta años el interior con paredes de ladrillo, con mezzanines de afán, con el rompimiento de pilares; toda una relación de improvisaciones que casi lo destruyeron. Por fortuna una idea fulgurante se dio en la ciudad al recobrarlo, y por ese motivo aun lo vemos imponente, silencioso y detallado, preciosista y extraviado. Es más, Goovaerts no alcanzó a terminar su obra de arquitectura, fue reemplazado, y la continuó un alumno suyo, Jesús Mejía Montoya. A pesar de ello se quedaría un año más, sin cobrar, asesorándolo, luego este sería substituido, por influencias políticas, por el anodino Florencio Mejía Villa, quien aseveraba que se debía terminar la obra pronto ante lo que llamaba de Goovaerts,  su fantasía extravagante.

Por fortuna no lo destruyeron para construir uno más “moderno” como pedían algunos áulicos en los años 70 - 80. Y ahora, frente a él, llama a que entremos. Es imperioso visualizarlo más, sorprende la manufactura de la multitud de ventanas, con sus arcos y detalles, con sus florituras y desvelos de su creador, con las molduras de sus puertas y de sus portones de acceso. Es indispensable mirarlo desde la calle, repasar sus detalles, que es lo que hace grande una edificación. Los ventanales no son uniformados, los frisos recamados en molduras de cemento, en las ménsulas discretas, así como su continua orfebrería, porque esa es la palabra para describirlo, ideada con la paciencia y sapiencia del poeta, porque Goovaerts lo fue en su destino de arquitecto. Hay tanta simetría, tanta belleza en su concepto que pasados tantos años, 90, luego de los avatares para su construcción, que cada que lo vemos, cada que entramos en él hay un detalle incomparable que lo recobrará: arcos ojivales, arcos reducidos. Goovaerts fue tajante, el edificio debía ser gótico flamenco. Esa exuberancia le molestaría a ciertas personas acostumbradas a cualquier cosa, a la élite analfabeta, como al público de empresarios montañeros lleno de industrias. Nunca entenderían la tracería, los arcos, los pináculos, los gabletes, los rosetones, las gárgolas, los vitrales. En conjunto, quienes rechazaron a Goovaerts, nunca vivieron un proceso de Ilustración.

Al  llegar al portón hay que reparar en su elaboración cuidadosa, ya que augura que entraremos a otro mundo, a otro espacio. El portón es el filtro de ingreso, pulcro tamiz con su color café, con dos vidrieras dispuestas con rejillas de hierro que contrasta con la acogida de los visitantes. Es decir, da la bienvenida. Es tal su saludo que no queda más que saber que el interior del edificio nos deparará el refinamiento de su arquitecto. Poso mi mano en la cerradura de bronce. Y es que caigo en cuenta que los detalles, los adornos, desde las cerraduras, sus arabescos, no fueron realizados en serie. Cada una de las partes es única, así como el mismo edificio posee su peculiaridad, es irrepetible. La nobleza de la madera con su color café, se abre para que prosigamos.

Una sucesión de preguntas aparece debido a la iluminación que se filtra por las ventanas a las escaleras que invitan, a que un celador indague, y, sobre todo, a querer pasar las otras escaleras que llevan a los otros pisos, pero aún estamos en el primero ante la sucesión de puertas a cada lado de los pasillos, y es entonces cuando sabemos que su elaboración fue ejecutada por los artesanos de la Ebanistería Callejas en los Talleres del Ferrocarril en Bello. Toda una proeza traerlas hasta la Estación Villa y de ahí hasta el lugar a lomo de mula, donde encajarían con precisión. Mirarlas es sinónimo de aprendizaje, de más preguntas, por el diseño, por el cuidado, por las partes de vidrio con nervadura de plomo, que encontraría toda su elación en los vitrales de la Asamblea obra de los talentosos Arturo  y Horacio Longas.

Palacio de Gobierno / Gabriel Carvajal / 1970

Sí, entrar, rebasar la mirada fugaz del turista, indagar, responder la pregunta acerca de la necesidad de descripción en cada detalle que sorprende, dejado por Goovaerts. Me gusta lo espaciado de los salones con doble altura, que acogen con magnificencia, las baldosas con un rango descriptivo diferente, como si su autor quisiera huir de la uniformidad, darle su sello a cada uno de los momentos creativos, una impronta, una identidad al palacio que nunca se terminó y del cual se construyó una cuarta parte.

Mis manos no solo acarician las paredes, sino las puertas con sus rejillas y su cristalería de vidrio martillado dispuesta para que solo entre la luz rebajada y no la mirada del curioso. Reparo en las columnas de cemento, ese cemento importado, portland, traído en barriles, así como las varillas de hierro. Su autor quería darle a la ciudad un edificio único como en verdad lo hizo. Mis manos no solo repasan la textura de las paredes, sus elementos, franquean por los pasamanos de granito de las escalas donde las balaustradas en esa descripción solo pueden verse aquí. Mis manos prosiguen por los pilares no solo por su cuidado, tan esmerado, sino porque este edificio fue hecho a mano, manos para los planos, manos para encalar las paredes, manos para pegar los ladrillos, manos para erigirlo en andamios, manos para disponer las baldosas; síntesis de manos de artesanos hundidos en el olvido. Por eso el cuidado, por eso el detalle, por eso su representación.  Los muebles dibujados por Goovaerts fueron tallados por diversos ebanistas y maestros carpinteros como Francisco Callejas, Ubaldo Molina, Canuto Acevedo, Rosendo Muños y Juan de la Rosa Castellanos.

Imagino a Goovaerts, en su oficina de la esquina de Calibío con Cundinamarca, inmerso en la elaboración de los planos acuarelados, en la disposición de su interior, en el tesón de su creatividad para entregar una propuesta inimaginable, junto a sus diversos colaboradores, en diversos momentos: Félix Mejía, Roberto Vélez, Jesús Mejía Montoya, Dionisio Lalinde, Florencio Mejía Villa, Horacio Longas, Gonzalo Restrepo Álvarez. De sus planos, unos 1377 catalogados en 1927, así como 1080 en ferro prusiato, solo ha quedado un cinco por ciento lo cual evidencia la desmesura y el abandono, similar al archivo de música que ahora funciona allí, me refiero al de Hernán Restrepo Duque, que ya ha sido saqueado, sinónimo de lo que somos, decidia y el imperecedero presente que se desliza ante nuestros ojos sin ninguna pregunta, hasta almacenarse en archivos que se consideran basura.

Cuánto sobrecoge este lugar donde la memoria aún está intacta en sus paredes, en sus columnas, en los portales, en las vidrieras de sus ventanas. Cómo sobrecoge el paso del dibujo a la maqueta, los detalles del interior, como el brillo de los pisos con sus grabados que dejan ver un  momento de creatividad, y también, como tres grandes artistas, Horacio Longas y Carlos Arturo Longas estuvieron involucrados en él, así como Bernardo Vieco.

Detrás de las ventanas, detrás de los vitrales, se traspira la luz, baña los salones, las escalas, define la textura de su entorno; es a veces densa, otras veces suave, otras casi imperceptible, posee esos grandes ventanales que no solo permiten mirar hacia afuera sino que la luz entra con su ímpetu desde las mañanas, dando a cada espacio su tersura necesaria, facilitando para los salones esa gratuidad de sentirse visitados, ya que al traspasar por los vidrios y atenuarse un poco ante la diversidad de dibujos, mengua de una manera casi perfecta para darle al sol la iluminación evanescente, necesaria en las tardes.

Zaguanes, pasillos, vestíbulos, salones, escaleras, pilares, rosetones, contrafuertes, pináculos, gabletes, arcos, ménsulas, frisos, tracerías, arbotantes, los ajimeces, arcadas, fustes, astrágalos, arquitrabes, exuberancia que vemos sin saber qué definen y enseñan, bosque de palabras al interior. Muchas de ellas ya no se nombran, no se pronuncian.

Goovaerts había pensado en esas grandes escalas, como un homenaje para que los diputados entraran a las sesiones de la Asamblea Departamental, al gran salón de  Los Pasos Perdidos, donde ellos caminarían, conversarían, afinarían sus discursos y proyectos, y de tanto caminar sobre la alfombra roja, ya indecisos, saldrían con algo muy diferente a lo proyectado. Aquí se fraguó el espíritu del departamento en tantas discusiones, en tantos proyectos que, inacabados o cumplidos, dieron rienda suelta a la perspicacia, y que, a lo mejor, los diputados, no repararon en su jerarquía al estar sumidos en la carnalidad y eventualidad del ensimismamiento político.  

El recinto de la Asamblea fue embellecido con ocho medallones de Bernardo Vieco, de los cuales se perdieron dos, más tarde con una pintura de Gómez Campuzano. Aquí entramos con la aquiescencia de la cúpula como definición y una forma de atrapar la idea del cielo, como si su autor, bajo su bóveda, quisiera dar una alegoría de su percepción y respeto a la democracia, junto a la cortesía en los vitrales de Carlos Arturo Longas elaborados con una técnica para que filtrara la luz natural sin el color de los vitrales. Una lámpara pende desde ella y araña con su luz e ilumina. Aquí se siente el recogimiento, lejos del bullicio de la calle. Aquí en este salón se tomaron decisiones drásticas, entre discusiones y debates inusitados. Uno de ellos la venta del Ferrocarril de Antioquia. Durante casi un año desfilaron, discutieron diversas voces en pro o en contra de vender el codiciado e histórico medio de transporte.

En el interior hay escalas amplias para que los visitantes suban en grupo y conversen, hay otras escalas estrechas en la parte posterior como pequeños laberintos para que suba una sola persona rápidamente, para que se comuniquen con los diversos salones, otras oficinas. Sí, este edifico fue construido para lo efímero, no solo del poderío sino de los visitantes, de los tramitadores, de los secretarios, de los diputados, del gobernador. Aquí obtenían su sede durante cuatro años, luego vendrían otros.

Hay una fotografía de Goovaerts, siempre tan elegante, siempre tan señor, en los inicios de las obras para el Palacio de Calibío. Podemos verlo detrás de algún portal donde se situó a mirar la cámara mientras proseguían los trabajos. Es la única foto que he visto de él cuándo hacía una pausa para indagar sobre la prosecución de su obra. Hay otra con su familia en su finca de la América donde recuerda que tuvo hijas nacidas en la ciudad.

En la terraza, a pleno sol, los pináculos se enemistan contra la uniformidad; poseen un elemento de adorno, con las veletas de hierro apretándolos como bases; parece que resguardaran el edificio. Aquí la naturaleza adquiere su libro, ya que hay trazos, remembranzas, ya sea en hojas de hierro, escamas de pez en asbesto de la cúpula y de los cupulines. Desde aquí veo la parte más sensible y significativa, la cúpula más alta seguida por la linterna con sus ventanas que le dan cierto misterio, ya que al subir allí, por sus escalas de madera, trasmiten cierta sensación de extrañeza. Es entonces que miramos las gárgolas furiosas que acechan desde ahí, como si nos fueran  a morder con su rostro terrible, de hienas con sus fauces sedientas, antes de que un cupulín termine rematado por otra veleta. En su simbología, estas gárgolas, resguardan todo el conjunto, vigilan a quien ose acercarse. Metáfora de Goovaerts para referirse a sus detractores, para que valoraran su obra. Los arbotantes sostienen lo lateral de la cúpula, y entonces recuerdo que en estos nombres amorosos para describir esa arquitectura, han quedado como una ilusión, aquella que definió una manera de construir y no nos dimos cuenta.

Palacio de Cultura / Rafael Uribe Uribe/ Babel/ 2018

Cuando la dictadura de Rojas Pinilla y aquí celebraban el concepto de antioqueñidad. El gobernador militar Pio Quinto Rengifo, había patrocinado a un grupo de artistas para erigir la escultura del cacique Nutibara, allí es posible ver a José Horacio Betancur y a Oscar Rojas. Al fondo se ve la entrada lateral al Palacio de Calibío; la foto es valiosa porque ya se define el carácter de la plazuela. 

En la década del 60 quiero recordar el caso inusitado de Don Luis Vásquez Jaramillo, oficial mayor de la gobernación de Antioquia, cuando trabajaba en su oficina  durante toda la noche. Paciente, elegante y conspicuo, utilizaba cubremangas para que siempre se vieran blancas e impolutas sus camisas, mientras anotaba, disponía y guardaba los documentos en los archivos, los cuales se constituirían en la hoja de ruta en la historia de cada gobernador. Su oficina tenía una puerta aledaña a la del gobernador y era la única persona que podía responder al teléfono, ya que podría recibir llamadas del presidente de turno, ya fuera Lleras Camargo o Guillermo León Valencia.

En la entrada principal, Bolívar con Calibío, del Palacio de Gobierno, que era la única que permanecía abierta durante toda la noche sin necesidad de vigilancia, era posible ver las luces encendidas de su oficina hasta la madrugada. Era llamado, además el gobernador nocturno,  ya que atendía a los diversos llamados de los alcaldes del resto del departamento que buscaban solución a alguno sus problemas, debido a la delegación de sus funciones y a la confianza de gobernadores como Darío Mejía Medina, Alberto Jaramillo Sánchez, un gran bebedor que no perdía el juicio y a quien nadie seguía en sus libaciones, José Roberto Vásquez fumador empedernido que manchaba sus elegantes vestidos de color negro, e Ignacio Vélez Escobar.  

Nunca se ha escrito una historia de la vida cotidiana dentro del Palacio de Calibío, menos de sus alrededores. Este tipo de eventos van de boca en boca o se rastrean de soslayo en algunos artículos de periódicos, o en el rastro cautivo de quienes allí trabajaron, es decir, esta historia se diluye en el eterno presente en que vivimos y en la comodidad sin reflexión. Este edificio irrespetado por el Metro en su paisaje, en su visual, ahora perdido entre la multitud y griterío de vendedores, en su mudez, posee una rica e imperecedera historia, fascinante, además, de los entresijos del poder y de su abyección durante sus  años de esplendor.

En este orden de ideas, nadie como Diego Calle Restrepo, a quien no le faltaba el aguardiente en una de sus gavetas, y a quien León de Greiff en 1971 menciona en uno de sus poemas, “En el Alto de Otramina / quedó atrás Titiribí / me topé con Diego Calle / colorado como ají, / por culpa de tantos tragos / que él bebió y yo bebí/”. Versos que podemos leer en la Estación metro de Prado. Además, Calle Restrepo, cuando ocupó un puesto diplomático en Nueva York no solo agotaba las existencias de aguardiente antioqueño sino que escribiría, “Las décimas del aguardiente”, aquellas que empiezan: Mi querido amigo Luis: Hace seis meses corridos / que aquí en Estados Unidos / suspiro por un anís. / Porque en este gran país / por espantosa ironía / cualquier cosa se haría / que la fantasía invente / pero un trago de aguardiente / nunca se conseguirá. /

Pero también hubo un gobernador, Octavio Arizmendi Posada, aquel de esa frase que casi nos mata de ironía, “Por Colombia,  los antioqueños podemos hacer más”. Era posible verlo de correría por los pueblos con su sombrero aguadeño, de carriel y poncho, regalando yunques como alegoría al trabajo. Él había sido jefe de los Boy Scouts, seguidor ardiente y ferviente del Opus Dei, no fumaba ni bebía; era considerado cardenal de esa cofradía.

Palacio de Cultura Rafael Uribe Uribe / Babel / 2018

Desde afuera, en las calles que rodean el Palacio de Cultura, sí, en la calle Bolívar en el 70, que es cuando lo conocí, era una calle noble por donde pasaban los buses sedientos de pasajeros, y diagonal miraba el otro edificio donde quedaba El Correo. Calibío era la calle donde era fácil ver a los políticos con su gloria efímera donada por los devaneos de la democracia, junto a los tramitadores en el Café Calibío, donde también llegaban los políticos de pueblo con sus cajas de cartón amarradas con cabuya para politiquear o pedir algún favor para su municipio. También, en ese maremágnum, escuchaba la sapiencia de los políticos de postín, que referían los diversos movimientos de la burocracia, que sabían de ordenanzas, qué se comentaba acerca del gobernador de turno.

También en esa calle existía, en la esquina con Bolívar, el Café Astoria, donde recalaban algunos políticos ya fuera diputados, ya fuera líderes comunales, empleados públicos y contratistas, pero también periodistas que iban a cambiar sus cheques ya fuera por licor o por surtido, cigarrillo o rancho. Allí era fácil ver en otro tiempo al poeta León Zafir considerado el embajador de Anorí, tramitando favores a sus paisanos. O saber del caso desusado de la líder comunal, Carolina Rúa, siempre tan femenina y del partido liberal, quien ostentaba un espeso bigote y barba, así como abundantes vellos en sus manos y piernas, sin importarle los comentarios de los otros políticos y curiosos. Ella acudía a este café a preparar sus reclamos o propuestas políticas antes de entrar al recinto suntuoso de la Asamblea.

Pero volvamos al edificio y dejemos esas historias casi olvidadas del Palacio de Calibío. La otra calle, la trasera, Carabobo, ya parecía un suburbio con negocios de cantinas. Al doblarla hacia arriba estaba la calle de los peluqueros, el Pasaje Camilo C. Retrepo, que desemboca a Bolívar.

Palacio de Cultura Rafael Uribe Uribe / Babel / 2018

Cuando funcionaba en su interior la Secretaría de Educación, por supuesto, que el hacinamiento y la pésima ubicación de sus oficinas daba un paisaje interior remendado y desordenado. Esta oficina en el segundo piso le causaba un perseverante daño al interior del edificio con sus tablas de jaiboa. Allí se cerraba el portón que da a la otra entrada  para evadir la procesión de maestros que venían a reclamar con sus mítines reiterativos.

A la parte trasera, ahora frente al Parque de Botero, en el primer piso entro, entramos, al patio que da la impresión de que este lugar parece inacabado con respecto a  la elaboración cuidadosa del resto del edificio. Aquí hay un jardín verde fraccionado en cuatro partes, sus callecitas que lo dividen llevan a una fuente. En este lugar silencioso prosigue el rumor, la música que destila el agua al caer, al resbalar, al rebosar la taza de la pileta, como si la soberbia de sus constructores, además de su talante y su talento, debieran mantener en un remanso el plus de su creatividad y de su cercanía a la naturaleza, a la vida.

Este edificio, el más hermoso de la ciudad, desde sus comienzos sufrió los ataques, los devaneos municipales, los avatares, las envidias, los desalojos, los abandonos, y mucho tiempo después, una feliz recuperación al ser restaurado en 1980. Pero hoy 17 de octubre del 2017, asistimos con el deseo de celebrar ese homenaje, los 90 años de su construcción. Había expectativas de querer saber más, de aprender más sobre su creador, sobre su preservación, sobre su destino. Lo que fue el recinto de la Asamblea Departamental lucia su esplendor, se destilaban por sus vitrales y ventanas los rayos de luz como fue concebido, y había una atmósfera precisa que respiraba la dispersión de las luces atenuadas. Pero cuando la presentadora leyó a las personas del panel, el nombre de la directora del Instituto de Cultura del Departamento, con sus títulos, pregrados, posgrados, doctorados y todo tipo de bisutería, fue que caímos en cuenta que estábamos en Medellín, y que lo que cada uno habló, empezando por Isabel Cristina Carvajal, su directora, más pendiente del whatsApp, y su estulticia, dio muestra de lo que es la definición de cultura para los administradores: la inercia y la bobería total. De los panelistas, una de ellas la arquitecta, Beatriz Adelaida Jaramillo, habló de Goovaerts de una manera tan pobre, tan desconcertante, que decir ridículo sería poco. Luego habló Martha Helena Bravo de Hermelin, muy puesta en su orden, del tema general de patrimonio, y de ella misma. Luego, como siempre hacen los ejecutivos al llegar tarde, Gabriel Jaime Arango se refirió a algunas facetas de Uribe Uribe con mucha sapiencia, pero olvidó el pésimo militar que fue. El público quería escuchar sobre Goovaerts, de su talento, no del político y del militar que ahora ostenta su nombre en el llamado Palacio de Cultura.

En este acto improvisado con cartel y todo, por supuesto, la presencia del gran Agustín Goovaerts no estuvo presente en su dimensión, cada vez se borra más ante estos funcionarios impúdicos. No sé por qué razón olvidaron para este acto a expositores de valía, como Darío Ruiz Gómez, Luis Fernando González,  Guillermo Molina o al profesor e investigador Luis Fernando Molina Londoño.

El 10 de marzo de 1920 Agustín Goovaerts llegaría a Medellín.
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Bibliografía:
-Molina Lodoño, Luis Fernando: “Historia del Palacio de la Cultura “Rafael Uribe Uribe”, vida y obra de su Arquitecto”, 1990.
-Molina Lodoño, Luis Fernando: “Agustín Goovaerts, representante de la arquitectura modernista en Colombia”. Bogotá, Colombia: Banco de la República, N. 33. 1995
-Palacio de Calibío, Gobernación de Antioquia, Medellín, 1986.





Palacio de Cultura Rafael Uribe Uribe / Babel / 2018







1 comentario:

Anónimo dijo...

Como es posible que construya frases tan largas, sin puntos apartes para modular la exposición, y ponga al lector en todo un ejercicio de apnea