domingo, 11 de febrero de 2018

57 Medellín, Patrimonio Histórico: Foto Garcés


Libardo Garcés



57 Medellín, Patrimonio Histórico: Foto Garcés


Foto Garcés

Víctor Bustamante

La Playa al medio día con un sol que le da ese no sé qué al Centro. Una Playa serena donde se puede caminar sin afán, una Playa que se disfruta. Hay pocos autos, pocos transeúntes; en síntesis, La Playa a esta hora, se puede poseer de una manera calmada, y de esa misma manera se disfruta. En este domingo el cielo es más transparente, y le da a la ciudad ese toque imperecedero.

Llegué, llegamos al frente de la casa con el número, Calle 52 N. 45-22. La fachada es de color amarillo y se destaca al lado izquierdo de La Playa entre las diversas construcciones recientes. Esta casa al igual que la de Carlos Arturo Longas, ahí en la esquina con El Palo, no ha perdido su identidad, ya que podemos disfrutar del boceto de su arquitectura.

Sí, frente a la fachada de color amarillo, la cámara mira de una manera insistente, la cámara quiere escudriñarla, quiere reparar en sus rejas elaboradas de tono gris, que resguardan los arcos de sus puertas y ventanas, tanto la que bordea las escalas, tanto como la de los dos balconcillos. Quiere tatuar la veleta que le da ese toque al coronar el torso de un torreón incrustado en la fachada semicurva, que rompe la simetría de las formas hasta el techo,  pero también quiere entrar a la casa, a esa casa donde tantos medellinenses buscaron quedar para la eternidad de papel, al ir allí a fotografiarse.  Pero nosotros también hemos ido allá a buscar esta casa, queremos que la memoria no solo personal, sino de la cámara la guarde. Que le de ese oasis, esa importancia de saber que ahí quedará en su memoria como una visita irrepetible, lo cual contrasta con algo paradójico: estas fotografías, en su mayor parte, fueron realizadas en el sistema analógico; y en este domingo de febrero es buscada en una cámara digital para que algún día sepamos que esta fotografía existió no solo en este momento sino como una herencia grata en la memoria de los medellinenses.

Sí, el tono de amarillo la destaca en este día caluroso, además contrasta con el color gris cemento que esta fachada poseía cuando la fotografía aún existía. Ese color amarillo llama la atención en medio de todas las fachadas, no en vano el color amarillo es el único que perdura en la lejanía.

Pero no estamos lejos sino al frente de la casa, lejos en el sentido del tiempo ya que la Foto Garcés ya no existe. Por esa razón subí, subimos las escalas, esas escalas de granito que tantas personas subieron para hacerse una fotografía, ahora para entrar a la exposición en homenaje a don Libardo Garcés, el fotógrafo y creador de este estudio, por esa razón miro los muros sobre todo el curvo con una suerte de aspillera incrustada con cristales de diversos colores, por esa razón esta tarde de domingo buscamos esta presencia, La Foto Garcés.

Libardo Garcés Ángel había nacido en Armenia Mantequilla en 1918. Desde el año 1939 poseía un laboratorio fotográfico en su casa. Decide viajar a Bogotá donde se especializa en fotografía social con Valenzuela. La Foto Valenzuela era un estudio que funcionaba desde la década de 1930 y sus retratos gozaban de una gran aceptación en la capital. Cuando regresa a Medellín abre su estudio fotográfico en lo que fue el Palacio Amador en 1945, que se convertiría en el Hotel Bristol. En el primer piso existían almacenes de telas, la Foto Garcés y en la esquina el Café Londres. Luego de algunos años sitúa su estudio en la Avenida de Greiff cerca al Hotel Nutibara. En 1950 se traslada su estudio a la Avenida Primero de Mayo. en el primer piso, ya que en el segundo quedaba la Sociedad Antioqueña de Radiodifusión donde había una emisora, Radio Sonorama.

Ante una propuesta del pintor Fernando Botero, el municipio decide crear la Plaza Botero; con solo su apellido y ningún otro, para exhibir las obras donadas con la requisitoria de Botero, orgulloso y vindicativo, con el apellido Zea, para que fuera Museo de Antioquia, y no el tradicional, y casi escondido Museo de Zea. Nunca supimos si era para dejar de lado el nombre de Francisco Antonio Zea, quien dilapidó una fortuna ajena, un préstamo a la Nueva Granada, durante la Independencia del país, y hasta se creía un hombre con título nobiliario que entraba a Madrid, España, en un carroza casi barroca por lo ostentosa, con caballos costosos y criados de librea resguardándolo, o si era una discusión, de parte del pintor con la familia de sus suegros, los descendientes de Zea, ahora bogotanos, encabezados por ese pater familiae que fue Germán Zea Hernández siempre en los círculos de poder, quien cuando la rivalidad López Michelsen y Lleras Restrepo al presentarlo el primero como un posible candidato del liberalismo, Lleras socarrón llamó, a Zea Hernández, la esperanza marchita del partido liberal.  

 Así claudicó el municipio ante el ofrecimiento de esa sed de eternidad del pintor, y, además, demolió la manzana, llevándose la sede de Foto Garcés y, junto a esta, los edificios Hausler, el San Andresito, el Restrepo Hermanos, el Emi Álvarez y los centros comerciales contiguos: el Calibío y el Luna Park, con sus billares y peluquerías, en total 217 edificaciones, contando el edificio de la esquina de Bolívar con la Avenida Primero de Mayo, donde se construyó uno para el Metro y a los pocos meses se destruyó sin ninguna razón y sin ninguna explicación, dándole visibilidad al edificio de lo que ahora es el Palacio de Cultura, como lo había planteado Goovaerts en 1927.

 
Fotografía de Luisa Vergara



Debido a este tropiezo  La Foto Garcés recala en La Playa en el año 2000. Su nombre era Estudios Fotográficos Garcés, lo cual le daba ese toque de distinción, esa legitimidad en medio de los otros negocios de fotografía,  porque hacerse un estudio fotográfico era señal de distinción, señal de saber que allí tendrían la paciencia de fotografiar a la persona para una ceremonia específica, ya fuera una boda, ya fuera una primera comunión, unos quince, ya fuera algún onomástico. Allí había que asistir para un estudio donde don Libardo que, con toda la sapiencia y la paciencia del mundo, sabía que él mismo debía darle ese toque final para mantener el equilibro de su nombre tan bien ganado, debido a su perseverancia y seriedad. Allí en esta fotografía quedaba la memoria, la imagen de la persona que se hacía fotografías, y, de hecho, se convertía en un punto de referencia para cuando necesitara nuevas copias; eso sí con el tiempo esas fotografías se convertirían en el archivo de los medellinenses.

De este rito de las fotografías, de los estudios, además una tarjeta de presentación señala que se sacan fotos en blanco y negro, sepia, color, para visa, pasaporte, libreta militar, cédula de ciudadanía, estudios, hojas de vida, restauración de fotos, fototarjetas, mosaicos, archivos, fotografía digital. Es decir, en la fotografía descansa la vida social de las personas que luego reclamarán para pegar en sus documentos, para su identificación, para sus trámites, para su movilidad en las diversas esferas públicas; los llamados “papeles” deben tener esa identificación que da la fotografía. Por esa razón miles de fotografías de medellinenses deben de reposar en sus archivos. Pero estas fotos, que son un requisito oficial, no se muestran, ya que son fotografías corrientes, tomadas para la ceremonia de la responsabilidad. Estas fotos poseen el mismo formato, la misma iluminación, el mismo gesto de seriedad. Estas fotos, muestran a la persona como en realidad es, ya que en los papeles públicos se busca como identificarlo, nada más. Además debían ser en blanco y negro, sin ninguna pose, sin ningún ángulo o iluminación que variara para saber que la persona que allí aparecía era la que se necesita identificar. Paradójicamente nunca he visto una exposición de este tipo de fotos, como si una fotografía realizada para lo público no mereciera este tipo de mirada, lejos de esa clase de requisitos, además sin pretensiones, sino el mismo gesto. Además la misma mirada a la cámara, además sin una sonrisa, solo el rostro para congelar a la misma persona; nada más interesa. Eso sí la persona debe mirar directamente a la cámara.

Hay otro concepto que manejaba en su fotografía, don Libardo Garcés, y era el de los mosaicos, para referirse a las fotos de los bachilleres al final de su graduación que se fotografían individualizados para luego reposar en conjunto para lA eternidad personal sobre un marco, como el máximo final de sus tiempos de estudio.

Las otras fotografías, las llamadas artísticas, enseñan ángulos diversos, iluminación diversa, se busca huir de la vida normal, se indaga otras poses de la misma persona, por esa razón es algo ficticia. De ahí lo artístico, se toman varias fotografías en diversas posiciones. De ahí que estas sean más costosas, de ahí que estas causen más curiosidad porque estas definen los rostros de las personas, se convierten en su rastro. Muchas de estas fotografías son realizadas en alguna ceremonia religiosa, ya sea con la persona arrodillada, con sus ademanes de poner las manos en señal de oración, otras en las primeras comuniones con sus cirios y, muchas de ellas, alejadas de la realidad, muchas de ellas no miran a la cámara. Toda una puesta en escena.

Entonces era necesario tomarse una foto, ahí un deseo de perseverar en la memoria personal, ya fuera en blanco y negro o iluminada a mano como la máxima expresión de un acabado donde la pintura aún mantenía su pulso con las fotos.

Hay una maquina tarjetera, dispuesta con sus tipos de plomo, como si esperara que la utilizaran de nuevo, donde se nota una imagen religiosa, luego comienza la exposición, el descubrimiento de este tesoro de fotografías con una breve reseña de la familia Garcés. También en la esquina esta la lámpara de iluminación testigo de tantas fotografías, y en un armario de color blanco reposan las cámaras unas de ellas, la principal, la clásica Yashica 635 con dos objetivos y formato de película de 6x6, la Konica más liviana con película de 35 mm, y una cámara Kodak Fiesta con visor y flash incorporado para 12 fotos en formato 4x4.

La casa aún está intacta y su interior es un oasis en Plena Playa de domingo. Esta casa cuando fue construida solo tenía un propósito, ser residencia de una familia, de ahí la funcionalidad de sus espacios interiores: las dos salas, el patio y el salón que es el comedor, de ahí las piezas como dormitorios, la cocina al fondo, lo solariego con su identidad, de ahí nada menos que encontramos aun un baño de inmersión. De las casas visitadas de La Playa solo lo poseen la casa Barrientos y esta casa, aunque son de épocas y estilos diferentes. Entonces, un baño de inmersión sí que era un descanso, sí que era un relax en la vida apacible de esos años. Esta casa, aun intacta, expresa un modo de concebir, de vivir, unas costumbres determinadas por el tiempo. En este interior aun reposa un concepto de una época y su relato. En el cuarto la exposición enseña de una manera llamativa en la pared donde han sido fijadas muchísimas fotos, también allí hay una pared forrada en papel de colgadura con motivos que acercan a la naturaleza al enseñar flores y hojas como una síntesis para mantener cerca el ámbito y la tranquilidad que entrega un espacio alejado de un solo color. También las ménsulas discretas en las esquinas del cuarto, hacen dejar de lado el punto donde se configuran las líneas y sirven de soporte aparente al techo.

La fotografía vence el tiempo y entrega, desde su lejanía, el rostro, la presencia de tantas personas, de tanto Medellín, de tantos que entraron en los diversos lugares donde estuvo La Foto Garcés; aquí la memoria de todos, ellos reposan en sus archivos.

Esta iniciativa fue preparada por Verónica Zuluaga y Raúl Rojas de 7 Ovejas con la coordinación de  Néstor Rojas y con la presencia de Alejandra García, Dolly Rojas y Erika Sosa, quienes logran captar y valorar la actividad de don Libardo Garcés en su trasiego, en esa labor de fotografiar y, así mismo, de mantener la memoria de los medellinenses que pasaron por su lente. a quienes él iluminó para buscar el mejor ángulo posible y así dejarlos para esa posteridad, lo valioso de la fotografía. 

Verónica y Raúl perseveran en la memoria de don Libardo Garcés, así como para que esta bella casa esté abierta y activa. Por esa razón, 7 Ovejas, Cultura / Bar, es una apuesta fundamental para que La Playa mantenga su pulso vital.

Esta tarde del 5 de febrero hemos conversado con Juan Fernando Garcés, su hijo, él nos ha donado una parte de esa memoria, él nos ha llevado tras los pasos de su padre y de su oficio.

  



11 comentarios:

Tati dijo...

Felicitaciones por ese trabajo maravilloso y por mantener el pulso creativo. abrazos de siempre

guillermo aguirre gonzalez dijo...

Buen trabajo. Felicitaciones

VIGÍAS LOS ROBLEDALES dijo...

Víctor, valiosa investigación para esta patrimonio cultural, totalmente olvidado por la ciudad. En hora buena, una labor de salvaguarda por la cultura nuestra. felicitaciones.

Laura Gallegos dijo...

Víctor, cómo te pagara esta ciudad con toda ese tiempo qeu le dedicas, para que la memoria de nosotros mismos esté junto a nosotros. Me haces llorar de emoción. Gracias

Rafael Aguirre dijo...

AMIGO VICTOR,
excelete artículo que nos lleva de la mano a los viejos tiempos que aun se niegan a morir por merito de la fotografía; claro, yo mismo fui cliente asiduo de Foto Garcés para esas fotos especiales; para hojas de vida, pasaporte y otras. ABRAZO

PAulina dijo...

Victor ahi buscas a Medellin antes de qeu el ensanche se lleve sus historias y a sus personas. Gracias por todo lo qeu ahces.

jaime jaramillo panesso dijo...


Vìctor: vos sos un resucitador de la memoria de la ciudad con una vocaciòn de fotògrafo investigador. Foto Garcés es tan valioso como su contemporáneo Obando. Con mi admiración y apoyo.- Jaime Jaramillo Panesso.

MIguel Restrepo dijo...

Toda mi familia fue fotografiada por don Libardo. Muchisimas gracias por tan hermoso trabajo.

Georges dijo...

Víctor, gracias.
!que verraquera de documental! para conservar, en fotos y vídeos, aquello que la ignorancia cultural a demolido de nuestra ciudad antigua, de la ciudad primera, como el edificio Tobón Uribe, donde quedaba la farmacia Pasteur; también el teatro Junín-hotel Europa -que albergaba hasta 4200 personas-, pero se fue a pique, a punta de pica, para dar paso al edificio Coltejer. Pudo erigirse en otro lugar, por ejemplo al frente, pero la Empresa quiso destejer lo más preciado que tenía Medellín: un teatro de "nivel mundial"; como si quisiese dejar constancia de que eran más importantes las oficinas de sus ejecutivos que la obra del arquitecto belga Agustín Goovaerts. Su punta de aguja (del edificio) desbarató la urdimbre cultural de la ciudad, con la trama de la innovación. !No puede amarse lo que se desconoce!: las obras de arte y el pasado.

Un abrazo, Georges

Gustavo Gómez Vélez dijo...

Víctor, una muy acertada fotografía de Foto Garcés que ha marcado memoria de Medellín. Maravillosa crónica. Saludos

Gloria H dijo...

Mil gracias por el envío, felicitaciones por el artículo, muy necesario, profundo e interesante.

La lucha por rescatar y construir la memoria es una faena válida, para que la velocidad alucinante de los tiempos de hoy que pretende hacer todo un fluido, donde no existe el reposo y la ensoñación, sino vértigo, consumo y el instante no nos convierta en autómatas sin pasado.