viernes, 5 de mayo de 2017

47 Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico. Oscar Rojas


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47 Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico. Oscar Rojas 

Oscar Rojas 

                                                                                                  Para Juan Carlos Buriticá 

Víctor Bustamante 



Esta crónica nace al leer un texto escrito en 2012 por el poeta Óscar González donde enfatiza la desaparición, mejor el desmantelamiento y robo del Monumento al Arriero del escultor Óscar Rojas, ubicado en la glorieta de la avenida 33. 

Los llamados habitantes de la calle, que deambulan sin quien les dé una mano, y, además, algunos de ellos, vándalos que, estropean desde una obra de arte hasta las tapas de alcantarillas, las barandas de los puentes; dejan la ciudad sin esos detalles que le dan identidad. En este caso las esculturas del maestro Oscar Rojas, el cual ha sido víctima de este despojo, desde el Monumento al Arriero hasta el saqueo y pérdida total del Monumento funerario a Porfirio Barba Jacob en el Cementerio Universal. Y muchos años antes, un fogonero, Trompemula, había destruido El Voceador de Prensa, vaciado en cemento también de Oscar Rojas, situado en el Parque de Villa Hermosa, ya que había pensado que éste se había basado en él para modelarlo. 

Esta obra, el Arriero, realizada en piedra y bronce, fue presentada en 1978, como un homenaje a ese ser que tanta prosperidad le dio a la región, al trasportar bajo su cuidado y, a lomo de mula, mercancías diversas por los caminos arduos de la geografía como telas, vidrios, químicos, pianos, herramientas, cargas de café, alimentos, hasta los primeros autos desbaratados en diversas piezas, para rearmarlos en Medellín con chofer extranjero a bordo. También, adornos, más vituallas, incluso locomotoras para ser igualmente rearmadas en la ciudad. Sin olvidar sus postas de descanso en las fondas a través de las agrestes montañas. Pero de esa epopeya solo ha quedado en las ruinas que la celebran en algún ilusorio Día de la Antioqueñidad o en algún cuento por ahí perdido, acaso de Tulio Ospina, acaso en alguna página donde Carrasquilla los menciona o en crónicas de Safray, Gutiérrez González, incluso de Isaacs. Pero diversas generaciones que poseen toda la tecnología y con su inmediatez transitan de largo ante ese muñón de piedra, pura ruina, que aun reclama desde su abandono, síntesis no solo del destino que corren los artistas y sus obras en Medellín, sino de la nula Ilustración de sus administradores con sus escoltas que pasan en sus autos de vidrios ahumados, y nunca se hacen la pregunta, ¿qué ha ocurrido en esa glorieta? 

Cierto, Medellín es una ciudad deteriorada por el descuido y por los chatarreros que se robaron los elementos de bronce de la escultura. Primero fue la cabeza de la mula, y nadie se percató. -Sigo a la manera de Brecht-, luego le arrancaron las manos y nadie dijo nada. Muchísimo más tarde fue desmembrado el torso del arriero, para venderlos por cualquier cosa, y como pensábamos que vivíamos en otra galaxia, la de ser modernos. Nadie tampoco dijo nada. Siguieron los días y de ese monumento solo quedaron las fotos que persisten en señalar que ahí existió una obra de Oscar Rojas, el maestro, el único sobreviviente de la generación de Fernando González. 

En esta escultura, Rojas, le hacía ese homenaje al arriero en un momento en que la arriería era ya cosa del pasado, al menos en la ciudad, que ellos tanto ayudaron a construir para la riqueza de sus patronos así como a fortalecer el comercio. Pero que ahora, en pleno siglo dos mil, debido a la modernidad que almacena su origen y lo dispersa, lo tenemos en cuenta como un simple dato histórico, en la ciudad que no ama su tradición sino en los fastos, eslóganes y desfiles para sobreaguar con su propio remordimiento. Es como si persistiera, en la nueva mentalidad, la mirada del turista que llega, conoce algo, fotografía algunos lugares y se marcha. 

Entonces uno queda con la perplejidad de que este exabrupto cometido desde antes de l995, cuando ya habían robado la cabeza a la mula, y solo había quedado el arriero, hasta hoy no haya sido reparado. Lo que señala la indefensión de las esculturas en la ciudad, sinónimo del poco sentido de pertenencia y desamor a las obras de arte que no solo la embellecen sino que son el símbolo, el homenaje, a uno de los participantes directos en una de las epopeyas más grandes de la Antioquia: los arrieros. 

El Monumento al Arriero se queda ahí en sus vestigios, ya que la obra de Óscar Rojas, porque la tiene distribuida en la ciudad, ha sufrido otro proceso de vandalismo: el olvido; esa extraña noción de no valorarlo a pesar de su permanencia. Antes su Monumento funerario a Barba Jacob también fue saqueado, hasta perderse el rastro total del poeta. Sus restos habían sido traídos a Medellín a los cuatro años después de su muerte en México por gestión de Ciro Mendía, León de Greiff y Rodrigo Arenas Betancur, y se depositaron en el Cementerio Universal. Pero en 1973 profanaron la tumba, algunos poetas díscolos y aún más, excéntricos, y aún más mitómanos de pandereta que quisieron llevarse la urna con el corazón del poeta. Por cual en el cementerio decidieron entregar los restos al Banco de la República, que los entregaría más tarde al concejo de Santa Rosa de Osos. 

Ante este infausto descuido nos dimos a la tarea de buscar al maestro Oscar Rojas. Por pura casualidad lo encontramos en el Salón de ajedrez y billares Maracaibo, donde el maestro pasaba sus tardes jugando, incluso posee su taco personal como todo eximio billarista. Arnulfo Jaramillo, me dijo, usted que está buscando al maestro ahí lo ve, es ese, ahora se lo presento. En ese momento conversamos sobre el cierre de los billares, algo sobre el destino de sus obras. Luego lo llamé a su apartamento pero no respondía, otro amigo tanguero, Bernardo Fernández concertó una cita. 

Como ya habían cerrado el Maracaibo y lo trasladaron al Pasaje Sucre con Junín, al maestro no le gustaba ir a su nueva sede y decidió frecuentar Billares Aburrá, al frente de lo que fue El Cid y tomando tinto, me invita a su casa en la Plazuela de María Auxiliadora. 

Su casa queda en el primer piso de un edifico de apartamentos, lejos de su casa taller en Enciso. A la entrada se respira la presencia total de un artista. Allí permanece parte de su obra, pinturas, dibujos, tallas en madera o en piedra, esculturas en bronce donde se destacan, León de Greiff, Gonzalo Arango, pero sobre todo es previsible la versatilidad, ya que en estas obras, Oscar Rojas, nos enseña sus diversos momentos creativos, allí está de cuerpo presente, como si al recibirnos en su sala habitáramos su museo personal. 

Hay una presencia cara, primordial, decisiva, para Rojas, y es la del que él considera su maestro, José Horacio Betancur, a quien le esculpió su rostro como un homenaje siendo su alumno. También es posible respirar la presencia de alguien admirado por Oscar Rojas, Pedro Nel Gómez, a quien visitaba en su casa de Aranjuez. 

Luego, en una conversación, pausada y con gentileza, relata su condición de artista, su vida como escultor, sus inicios, sus viajes, su vida en Medellín, y los cambios que la ciudad sufre, pero, sobre todo, notamos que él es sobreviviente de un momento de esplendor, donde se relacionaron diversos artistas. Y como él, en un momento único de solidaridad y presteza buscó a través de algunas de sus obras modelar a sus contemporáneos ilustres como una noción de su afecto. O sea, había un diálogo y reconocimiento con aquellos artistas cercanos. Pero ya esos amigos se han ido: Carlos Castro Saavedra, Alberto Aguirre, Gonzalo Arango, Fernando González, Manuel Mejía Vallejo, José Horacio Betancur y Pedro Nel Gómez. 

En ellos existía una preocupación social, estética, una idea de cuestionar, de cambiar el mundo, que se traduce en sus obras. En Carlos Castro con su poesía, en una doble connotación expresada en Fusiles y luceros. En Aguirre con su crítica mordaz al establecimiento. En Gonzalo Arango perdura la necesidad de una nueva poesía y de actitud de amistad y lacerante ante la vida. En Fernando González la intuición y también la crítica a una sociedad enraizada solo en las ganancias. En Mejía Vallejo una actitud muy personal ante la novela para describir lo que ocurría partiendo de una visión autóctona del mundo. En Pedro Nel la persistencia del artista en buscar los orígenes a través de sus pinturas y a definir una ciudad desde una perspectiva más humana. 

En ese homenaje que Oscar Rojas rinde a sus contemporáneos vemos que hay un escultor que desde la dureza del bronce presiente que en ellos habrá una permanencia en lo que le han aportado con su pensamiento a la ciudad, a una región. A la mayoría de ellos, a quienes les realizó esculturas está presente el deseo de que por sus manos estos perduren a través de su amistad y asombro. 

Hay en Oscar Rojas, en otras de sus esculturas, esa significación de ese concepto de autenticidad que se refleja en ellas, como la persistencia en la maternidad, la lucha del hombre, la intolerancia, y sobre todo la utopía de un cambio. De ahí que existe un compromiso en el artista ante la situación que vive y refleja el país. La escultura del Arriero, al fragmentarla, es el deseo de que este personaje emblemático sea definido desde otro concepto. En Gaitán es la rebeldía y la asunción de una manera diferente de hacer política pero también la crueldad de su asesinato. La escultura a Porfirio es el homenaje de esa generación al poeta que escribe sus versos trágicos llenos de reclamo y nihilismo. 

Además, ya en grupo, con José Horacio Betancur, ambos buscaron expresar los mitos antioqueños, para darles cercanía en lo visual, que salieran de la imaginación popular y de algunas pinturas, para eternizarlos en bronce. Ya sabemos que una escultura situada en la ciudad, le da una doble significación, recordar su identidad a través de esas personas y al homenajeado, su perdurabilidad. 

Oscar Rojas es uno de los escultores que le han dado a ese arte su nombradía y con ellas deja una huella en la ciudad que, de una manera silenciosa, expresa no solo a sus escultores sino que ella misma se convierte en museo de la calle, puntos de referencia que dan la seguridad de un encuentro. Rojas expresa una condición de artista al lado de Marco Tobón Mejía, Arenas Betancur, Pedro Nel Gómez, José Horacio Betancur, Botero, Francisco Antonio Cano, Vayda, Salvador Arango. En ellos se define cada momento por el cual ha pasado la escultura, cada una de ellas habla desde la firmeza en que fueron creadas. 

A medida que avanza la conversación describe un Medellín que no existe en los libros sino en su memoria y en la prodigalidad de su entereza para mantenernos en vilo con su experiencia, paso vital por la ciudad, y con mucha curiosidad sobre un Medellín que ya no existe sino en sus calles pero no en los lugares que él menciona y llegó a vivir con firmeza. 

En él es notoria la actitud del artista que se ha forjado un destino, que vive tranquilo ante la adversidad de un Medellín que a veces creo que lo deja de lado, pero que a él ya no lo inquieta. Su sabiduría nos hace tener en cuenta que su obra está ahí firme, valiosa, perdurable. 

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Nota: En esta valoración hacia el maestro hay un primer video sobre el destino de alguna de sus obras y en el otro una conversación donde comparte su trasiego creativo y su destino como artista. 




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1 comentario:

Manuel Fadduil Alzate dijo...

Excelente el trabajo Víctor por la sostenibilidad del patrimonio cultural en la ciudad, maltratado por los reversos de la cultura. No obstante, continuamos hacia adelante por la salvaguarda de nuestra producción en lo civilizado.