miércoles, 1 de febrero de 2017

43. Medellin: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico. Pietro Mascheroni


                                                       Pietro Mascheroni. (Fotografía de Carlos Correa)

                                                  Casa de Pietro Mascheroni en Aranjuez

43. Medellin: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico. Pietro Mascheroni

  

Pietro Mascheroni en Aranjuez, Medellín.

Víctor Bustamante
Para Raúl González

Por estas calles de Aranjuez continúa la sorpresa, que no es una simple caminada sino un viaje en el tiempo. Nada menos que desentrañar la presencia del barrio en el ámbito de la ciudad. Nada menos que buscar las huellas. Ya que Medellín no fue fundada la semana pasada o con la anuencia de cada alcaldía, sino que cada artista que la habitó, cada casa donde ellos vivieron, es la síntesis que define el perfil de la ciudad. Para unos es fácil mirarla de soslayo, sepultar y destruir su memoria; pero no, por aquí vamos, por aquí la buscamos, el peso de su presencia es más digno que quienes la olvidan, que quienes piensan que trasformar una ciudad es destruirla con planes parciales, con un POT que tiene nombres propios circunscritos a la élite de los urbanizadores que aplastan el paisaje urbano. Nunca antes la ciudad se encuentra tan indefensa. Nunca antes la ciudad nos había revelado sus secretos, lo que le da lustre: su identidad. Nunca antes Medellín había sido tan valiosa y perenne cuando la buscamos en Aranjuez. Pero también nunca antes había sido tan avasallada.

Camino, caminamos con nuestro guía, don León Vargas; con el poeta e historiador Luis Fernando Cuartas; con Carlos Vásquez, músico y profesor; y con Luisa Vergara, estudiante de arquitectura. El objetivo: la casa donde vivió Pietro Mascheroni. ¿Quién fue Pietro Mascheroni?, se preguntará algún estólido estudiante, algún jefe de Planeación urbana, algún encargado de patrimonio en la Secretaría de Cultura, algún concejal, dije, ¿concejal de Medellín, sí. No voy a reherirme a los empleados municipales, desde el alcalde, porque ellos siempre andan con otras expectativas: el próximo cargo, su ascensión. Lo que no saben ellos es que son víctimas de algo insoslayable, nunca existió un plan educativo, en colegios y universidades, donde se les enseñara el amor por la ciudad para que la valoraran y la mantuvieran en su memoria. No, la educación ha sido diseñada para sobrevivir, para producir, para ganar todo el dinero que se pueda, por encima de la ciudad misma. Así Medellín. Por esa razón es necesario un proceso de Ilustración a las llamadas autoridades municipales, antes de posesionarse.

Aquí les contamos una minúscula parte. Pietro Mascheroni, con su aporte en el aspecto musical, se sobrepone a ese olvido. Él fue uno de los músicos extranjeros que vinieron a la ciudad nunca en intercambio ni de visita para salir despavoridos con los bolsillos llenos. No; él junto a Josef Matza, Edward Gregory McPhearson, Louis Gouzy, José Ughetti, Jesús Arriola, Clara Grafer, José Joaquín Pérez Escobar Arnais de la Serna, Joaquín Fuster Guirao, educaron y conectaron a la audiencia de Medellín con otro tipo de música, pues no solo fueron virtuosos en su instrumento sino que contribuyeron con su pedagogía, para nuevas enseñanzas de la música culta. Mascheroni poseía una gran formación, fue director de orquesta en el Teatro Cárcamo de Milán, además era graduado en el conservatorio de Gaetano Donizetti. 

Año de 1933, Pietro Mascheroni llega a Medellín como director artístico de la Compañía de Ópera Bracale. Adolfo Bracale era un músico y empresario italiano. En su compañía trabajaron figuras de renombre como Enrico Caruso e Hipólito Lázaro, y los pianistas polacos Ignaz Paderewski y Artur Rubinstein, la bailarina rusa Anna Pavlova y el compositor Pietro Mascagni. Uno de los montajes que le daría preeminencia fue la puesta en escena, en 1912, de Aida de Giuseppe Verdi en las pirámides de Egipto.

Antes de llegar al país, la Compañía de Ópera, la Bracale, venía de una gira por Panamá, Venezuela, Costa Rica y Ecuador. Esta compañía viajaba con sus decorados, los vestidos y sus ayudantes memoriosos para los montajes. La Compañía venía desde Bogotá, vía Honda, hacia Medellín, por el río Magdalena en un barco expreso de la Naviera Colombiana, luego completaría su destino en tren desde Puerto Berrío. Debutaría el jueves 27 de abril a las 9 de la noche. Era un viaje complicado ya que el personal necesario para las presentaciones, así como los técnicos de montaje podrían sumar al algunas ocasiones hasta 150 sumando artistas principales, coristas y bailarinas. Muchas veces estas compañías itinerantes permanecían varios meses en las ciudades que visitaban. Así, mientras cumplían con sus presentaciones, los músicos desplegaban alguna labor de enseñanza o acompañaban el montaje de algunas obras oriundas o en presentaciones con artistas nacionales, que colaboraban en la planta orquestal o vocal.

Inicialmente la compañía debía llegar a Medellín para estrenar la ópera de Verdi, Rigoletto, en el Teatro Bolívar. El elenco para esta temporada era el siguiente: Leila Garden, Nerina Ferrari, Cav. Mario Albanese, Com. Nino Ederle Gregori Melnik, Com. Fortunato di Angelis, Mario Guibiani, Abele Carnevali, y los colombianos: Anita Chaparro y Manuel Guerrero. El programa era ilustrativo por su curiosidad convertida nada menos que en acto social: Rigoletto, Thais, Otelo, El barbero de Sevilla, La Bohemia, La Traviata, Marina, Fausto, Manon, Elixir de amor y Payasos.

En este año, 1933, la ópera italiana se había consolidado en su condición de espectáculo de élite e indefectible evento social. En la crónica periodística sobre sus presentaciones se realizaban largas listas con los apellidos de los asistentes a cada una de las presentaciones. Existía un público amante del canto que esperaba con expectativa la temporada de ópera, y los solistas recibían generosa publicidad a través de reseñas y fotos artísticas en los periódicos.

Pero un evento infausto marcaría esa llegada a Medellín. No sospechaba Adolfo Bracale que esta sería la última temporada de su compañía. A pesar de haber sido recibido con muchas expectativas, en poco más de dos meses, se estaba liquidando la compañía hasta vender el último de sus bienes.

Luego de la desbanda de los músicos ante esta quiebra, el maestro Mascheroni se radicó en la ciudad y fundó una escuela de piano, fue acogido por el mundo musical, gracias a su agilidad técnica, tanto en el piano como en la dirección. Su esposa, la pianista Luisa Manighetti, al año siguiente llegaría para continuar con la formación de pianistas, primero en Bellas Artes y luego en su propia Academia de Música, la cual contaba con el programa de estudios del Conservatorio de Milán. Doña Luisa publicaría en 1941 un texto guía para sus alumnos, Apuntes sobre historia y literatura del piano. También crearía la fonoteca del Instituto de Bellas Artes. En 1947 Rafael Vega Bustamante la visitaría en su casa  y escribiría en El Colombiano  una nota sobre ella, ya que en septiembre de este mismo año daría un concierto como solista con la Orquesta Sinfónica en el Teatro Bolívar. Su estudio era acogedor y daba el tono preciso para un ambiente favorable para la enseñanza a sus estudiantes. Allí había retratos de los músicos afamados que habían llegado a Medellín y que le han regalado no solo una fotografía sino la perdurabilidad de un autógrafo: Claudio Arrau,  Alexander Brailowsky, Giorgy Sandor Alexander Borowsky, Jascha Heifetz. Ella aún conservaba un autógrafo muy preciado de Stravinski, a quien conoció en Milán. Allí doña Luisa, en su casa, refiere su amor, su dedicación, como profesora de muchos estudiantes de piano que acuden a su academia, una de ellas la pianista Blanca Uribe; incluso llegó a interpretar una obra; Nocturno, escrita en 1942 por Luis Miguel de Zulategi para Luisa Manighetti. Doña Luisa también fue profesora de José Longas, Manuel José Bernal, León Cardona. En 1950 se iría a vivir a Bogotá luego de su separación. Allí continúo dirigiendo la Academia Italiana de Piano.

El primer trabajo que Mascheroni obtuvo en Medellín fue como director del coro de la iglesia de San Ignacio. También conformó un dúo con el violinista checo Josep Matza, dirigió la Orquesta de la Unión Musical en contacto con Carlos Vieco, luego dirigió la Orquesta de la Voz de Antioquia. Esta fue creada en 1935. En la programación de la Voz de Antioquia se presentaban artistas nacionales y extranjeros, y también allí se crearon los noticieros radiales. Entonces, era la época de programas como Teatro al aire de la Compañía Colombiana de Tabaco, Novedad de Cine Colombia y el Radio periódico El Mensaje. Esta emisora tuvo su propia orquesta, en este caso, dirigida por el mismo Pietro Mascheroni. Allí, en ese Medellín pujante presentaban, un repertorio variado de música colombiana, latinoamericana, internacional y de moda copiados de las emisoras en onda corta. Sus músicos eran egresados del Instituto de Bellas Artes, además, acompañaban a los artistas extranjeros que visitaban Medellín y a los cantantes locales que empezaban a surgir. Mascheroni también fue director artístico de Emisora Claridad. Se desempeñó como profesor en el Instituto de Bellas Artes y promovió cantantes nacionales como Alba del Castillo,  Evelio Pérez y el barítono Gonzalo Rivera. Bajo la dirección de estos maestros y profesores de música: Joseph Matza, Pietro Mascheroni, Annamaria Penella y Marta Agudelo, también se formaron grandes concertistas de piano como Hárold Martina, Teresita Gómez, Blanca Uribe, Francisco Zapata, Felipe Henao y Aída Fernández de Zuleta, para solo citar algunos.

En 1940 Mascheroni y Matza dirigieron un programa de la Voz de Antioquia, Hora de música de cámara. Alberto Acosta (Ariel) realizaba los comentarios e ilustraciones.

Los estudios y el teatro de la Voz de Antioquia quedaban situados en Maracaibo con Sucre, y ahora, en el 2017, exhiben la mayor expresión del fracaso del centro de la ciudad: un vil parqueadero como definición de la ciudad garaje, y como extensión fatua de la ciudad-hotel, de la ciudad-motel, de la ciudad-casino, cercada por simples torres habitacionales donde la belleza de su construcción, hasta los años 70, fue arrasada sin compasión por quienes debían haber cuidado ese legado.

Mascheroni se convirtió en una figura acreditada en el ambiente y desarrollo musical de Medellín. En 1941 Consuelo Barrientos, Betty Heiniger, pianistas, se graduaron en ceremonia donde presentaron su talento; ellas habían sido sus aprendices. Incluso la escritora Rocío Vélez de Piedrahíta, recibió clases con el maestro Pietro Mascheroni, hasta dar a conocer su talento como soliasta con Orquesta Sinfónica de Antioquia en el Teatro Bolívar, con la obra Koncertstück, para orquesta y piano, de  Carlos María Von Weber.

En 1943, Mascheroni, se asoció con Jorge Luis Arango, para conformar la Compañía de Ópera Antioqueña, que debutó con Rigoletto y La Traviata. En octubre de 1943 se presentó con lleno completo en el Junín La Traviata con éxito para las cantantes Yolanda Vásquez y Gilma Cárdenas, junto a Gonzalo Rivera y Evelio Pérez. Mascheroni dirigió la presentación. La obra tenía  veintiocho telones  en la escenógrafa, aunque el crítico Zulategi se quejaba de la pobre actuación de la orquesta.

La compañía, patrocinada por las industrias más significativas de Medellín, fue un éxito categórico. Pero en la temporada de 1946, se presenta un descalabro económico, ya que el público no estaba dispuesto a asistir a funciones costosas, ya que en las emisoras podían escucharlas gratis. Así Medellín se quedó sin ópera, ya que las compañías extranjeras que visitaban el país solo se presentaban en Bogotá.

El aporte de Mascheroni al desarrollo de la ópera, la zarzuela y la música en general de la ciudad es muy valioso. También  colaboró en la conformación, en 1945, de la Orquesta Sinfónica de Antioquia (OSDA).

En septiembre del 1947 ante la cursilería en que se había convertido el ambiente radial  de las emisoras comerciales se crea en La Voz de Antioquia un programa, El teatro del aire, que presentaba música de cámara dos veces al mes. Allí actúa el considerado mejor grupo de cámara de la ciudad, formado por Pietro Mascheroni al piano, Joseph Matza primer violín, Jorge Gómez segundo violín, Juan Restrepo viola y Alberto Marín violonchelo.

Mascheroni, en 1948, acompaña con el piano al cantante de ópera, Luis García, en un recital efectuado en el Seminario de Medellín. La especialidad de Mascheroni era la batuta, y, además, fue buen acompañante al piano. Su capacidad de  lectura a primera vista de las partituras hizo posible que acompañara a muchos solistas como Schneider, Oscar Nicastro, France Deck, Raoul del Val. Esta enumeración que no es prolija como se merece el maestro es solo una pequeña muestra de su labor artística.

El 22 de mayo de 1974 durante una presentación de El Mesías de Handel en el Teatro Pablo Tobón Uribe, la Orquesta de la Sociedad Filarmónica de Medellín dirigida por los maestros Pietro Mascheroni y Rodolfo Pérez, se había reunido para el Festival Internacional de Ópera patrocinado por Haceb, en esta ocasión haría su debut como director  Alberto Correa.

Mascheroni era muy serio, bravo y exigente. En uno de los conciertos de la Osda que dirigía en los años 70, en la Retreta del Parque de Bolívar, al escuchar la persistencia de un violinista desafinado, le arrojó la batuta debido a su falta de concentración. Aunque el método no es riguroso por su pedagogía, obligó al violinista no en el tejado sino en pleno Parque de Bolívar que se concentrara en su instrumento ante un público ávido.

La adaptación de Mascheroni en Medellín lo llevó a poseer una casa de campo con vacas y sembrados en San Antonio de Prado. Los fines de semana pasaba allí sus descansos. Mascheroni murió en Medellín en l979.

Noviembre del 2016. Caminamos en la tarde por las calles serenas de Aranjuez, y, al frente, obtenemos la fachada de tres pisos de la casa de la familia Mascheroni, donde el maestro Pietro y su esposa, vivieron tantos años, y donde un trozo de la historia musical de la ciudad pasó por ahí. ¿Qué queda de ella? Una fachada en granito, y el clásico pacto de los antioqueños: dejando que el olvido pertinaz acabe con el lustre que alguna vez brilló en este lugar. No habíamos valorado nunca la factura de Aranjuez en ese momento de esplendor. Esa desolada manera de obviar que la presencia de Mascheroni y su esposa, a pesar del aporte musical en un momento en que Medellín crecía y despuntaba en el alba de la música que apenas ahora sostiene su presencia en quienes escribieron sobre ella, en las fotos de una ciudad que se diluye, y, por supuesto, en el desagradecimiento cotidiano como el símbolo de esta generación. La inobjetable presencia de saber que esta casa mantuvo el pulso, el talento de un maestro y de su esposa. Ya que sin ellos y la enseñanza de los otros músicos extranjeros en ese momento, la ciudad se hubiera sumido en el pantanero musical: la guasca como su expresión más acabada. 

Cierto, en la serenidad de esta tarde cuando un sol cae sobre la fachada y el afán de la vida cotidiana corroe este presente que es nada menos que el olvido, el mal olvido de una élite devastadora, no ilustrada, apenas sabemos que aquí vivió muchos años un maestro, un par de maestros de la música que abrieron a Medellín, junto a otros extranjeros, a la música culta. Para así saber pronunciar nombres como: Beethoven, Schubert, Brahms, Liszt, entre otros maestros.

Pero, y ese pero es por el mérito a esa la labor de Eafit, su contribución al indagar, preservar y ordenar los archivos de esos maestros de la música que dejaron su huella en la ciudad; huellas imperecederas que por cierto no se los lleva el ciclón de nuestra indiferencia.


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Bibliografía:

GIL ARAQUE, Fernando. La crónica y crítica musical en Medellín, 1937-1961  Luis Miguel de Zulategi-Rafael Vega Bustamante. Universidad EAFIT Medellín 2013.
Cárdenas Velásquez, Daniel.  La Compañía de Ópera Bracale en Colombia (19221933), un agente de la cultura musical del país. Hist. Soc.  no.29 Medellín Jul./Dec. 2015
Revista Micro No. 1-62. Medellín, 1940-1949.





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