jueves, 1 de diciembre de 2016

Don león Vargas, el luthier en Aranjuez.







Don león Vargas, el luthier en Aranjuez.

Víctor Bustamante

“¿Por qué me preguntas por mi linaje? Como la generación de las hojas, así la de los hombres”
Homero


Llegué, llegamos, a la entrada del taller de don León Vargas, en este inicio de un periplo por Aranjuez, porque es un periplo caminar las calles del barrio, mirar las fachadas de algunas casas que pasan desapercibidas para sus habitantes, y sobre todo, saber que su acervo cultural es necesario tenerlo en cuenta, sacarlo a la superficie, ya que esta valoración lo que le da lustre al barrio.

Sí, ahora con el poeta Luis Fernando Cuartas, cicerone preciso, llegamos a lo que él llama la calle no calle: a un local ubicado en la mitad de una manzana con este número: 86-41; él, conocedor de los secretos de Aranjuez, abre la puerta y junto a Carlos Vásquez, bajamos las escalas en búsqueda del taller. Esperamos un momento, el justo, para que abra la reja un señor que enseguida se revelará como don León.

El taller nos entrega toda la  curiosidad al mirar su interior que parece detenido en el tiempo. Hay una fotografía del taller y sus expertos en blanco y negro. Una vitrola aguarda sobre otros objetos, hay un piano, varios pianos con su costillar de cuerdas al aire libre, Mauricio, su hijo, nos enseña las maderas del piano que debe arreglar, para devolver a la vida no solo la música del piano sino fortalecer su vida útil. Sobre la mesa de trabajo diversas herramientas en ese desorden que solo ordena quien trabaja allí. Luego hay unas rocolas por arreglar, al lado derecho algunos tornos, y en otra mesa, como el monarca del salón un sofá, creo que Luis XV, con su elaborado espaldar de color rojo, pero que aquí deben devolverlo a su vida ya que algunas maderas debe de ser reparadas. Hay una mesa antigua que debe de ser reparada, y la sorpresa nos aguarda en el fondo, hay diversos relojes en la pared con la paciencia de sus diversas horas que parecen definir el tiempo que aquí, en este lugar, en el taller, se ha detenido.

Aquí, cerca de la ventana que baña con su luz esta parte donde don León trabaja,  hay una mesa con sus herramientas, y es ahí donde se encuentra esa joya envidiaba por un músico de postín, nada menos que un violín de prestancia, un Maggini. Es decir, un violín construido por Giovanni Paolo Maggini, (1550-1630), este con Gasparo da Saro son considerados los mejores constructores de violines de la escuela bresciana.

Los instrumentos elaborados por Maggini al final de su carrera son considerados los de mayor renombre, debido a la calidad de la madera y los orificios sonoros, grandes, bien curvados y cuidadosamente terminados, así como por su tono excepcionalmente suave. Muchos se adornan en la parte posterior con decoraciones tales como la cruz de San Andrés, un dispositivo de la hoja del trébol, medallones, crestas, y otros motivos. Los barnices varían de un marrón claro en sus primeros esfuerzos a un color más transparente brillante del oro o del rojizo-marrón de la calidad rica en instrumentos posteriores. El típico modelo tardío de Maggini tiene una fila doble de lados. Maggini construyó durante su vida unos sesenta violines, nueve violas, dos violoncelos, un contrabajo y algunas violas. Don León consiguió este valioso instrumento musical en una anticuaria del Poblado y poco a poco lo ha estado restaurando, no en vano, este oficio lo aprendió de su padre, y de un maestro polaco.  No sé si él sabrá en qué año y  cómo fue traído este valioso instrumento a Medellín. Su fecha de construcción data del año 1600 más o menos. Especulo algo, podría haber sido un legado de las diversas compañías de ópera que llegaron a la ciudad o pudo haber pertenecido a un violista, nunca en el tejado, sino  a un artista de renombre que lo perdió o lo vendió. Lo cierto es que esto es pura especulación, ya que el instrumento no es cualquier instrumento sino que posee su pedigrí.

Junto a la ventana, y colgado en la pared, hay un cuadro con una fotografía del padre de don León, Julio Antonio, que era ebanista y músico, como si su presencia bastara para acompañarlo en su labor diaria. Así mismo el taller es considerado una prolongación del ámbito familiar. También en otra fotografía le da las gracias a Remberto Osorio (afinador de pianos) y el luthier y compositor yugoeslavo Eduardo Polanek. Polanek aparece como autor de obras junto a Verdi y a Tobani, Hatley, Strauss, Marchetti, Herscbthwin, Malats, y José M. Tena durante un concierto en el Pablo Tobón dado por Juan Duque B. en 1968. Polanek compuso el pasodoble, Fiesta de la Candelaria. Además tocaba el contrabajo en Banda Sinfónica de Antioquia.

Polanek  fue profesor en el Conservatorio, luego organizó su  estudio privado en un local en el pasaje Junín- Maracaibo, donde enseñaba la técnica de la escuela alemana de guitarra y la técnica de la guitarra clásica; además de su propio método, también instruía con el método de teóricos de la guitrra como Fernando Carulli, Matteo Carcassi y Fernando Sor, y  elementos técnicos de la Escuela de Francisco Tárrega, así como repertorio de  música del Renacimiento, el Barroco y los clásicos.

Mauricio, Sergio y Julián, hijos de don León, trabajan en el mismo taller. Creo, que de él para ellos se admite la perdurabilidad de su memoria y de los secretos adquiridos en la fabricación y arreglo de instrumentos, así como de la sutileza de los materiales, para regresar a la vida el instrumento musical rescatado del abandono o de aquel que sale de sus manos para entregarnos todas las músicas del mundo.

Don León es un lutier con todo el peso específico que esta labor otorga  pasa muchos días buscando la madera precisa, el diseño que ya tiene en su mente, el proceso de maduración del instrumento que construye, hasta la solidificación de la música que saldrá de el cuando el ejecutante rasgue las cuerdas, y el milagro de la música que aligera el alma nos haga sentir un vibrato o las líneas musicales de alguna pieza. De tal manera el luthier nos aparta de la construcción de producir en serie y en serio instrumentos musicales. Este, al apartarse de este proceso, propio de los tiempos modernos, permanece incólume para imprimirle a sus instrumentos ese toque personal, ellos son su creación.

Pero no solo aquí en este taller la exquisitez y la nobleza de la madera están presentes, sino que la memoria de don León, nos lleva, durante la conversación, por esos laberintos del tiempo perdido de la ciudad. Cierto, por esas diversas capaz que lo forman, no solo el tiempo lineal que vivimos sino ese que es circular y nos hace volver a esa memoria de la ciudad que si no fuera por él, se perdería. Él nos comparte su memoria en cada palabra. En cada personaje que saca a colación de inmediato comprendemos que de vivió Medellín, y sobre todo su presencia en el barrio, en Aranjuez nos da el pulso de la medida de su riqueza cultural, que sale a flote cuando en el trascurso de la conversación nos entrega nombres, lugares, instancias que se convierten en la morada de otras presencias; presencias valiosas Mascheroni, Bruckner, Correa, Longas, Matza. Alguna vez Margarita Yourcernar admitía que conversaba mucho con su padre, debido a que este le entregaba su memoria; de tal manera ella aseveraba que así poseía la felicidad de saber que había existido antes de ella en boca de los relatos de su padre. De ahí la perseverancia en conversar con las personas mayores. En ellos reposan aquellos datos, aquellas personas, aquel ambiente que es casi imposible reconstruir por medio de libros y prensa. Siempre falta ese toque de la atmósfera presente que otorga quien fue contemporáneo, en este caso don León.

                                           


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1 comentario:

Unknown dijo...

Todo un proyecto d einvestigación que apenas se inicia, gracias Victor por divulgar esta historia.