jueves, 15 de diciembre de 2016

41. Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico : Alba del Castillo



.. .. .. ..


41. Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico 


Alba del Castillo

Para Hugo Bustillo

Víctor Bustamante


Calles de Aranjuez apacibles y llenas de sorpresas. Así, en ellas, en lo que es otro barrio de la misma ciudad. No en vano un barrio es así mismo otra expresión de esa capital, que al crecer erosiona y deja de lado su identidad, dentro de esa diversidad que nombra, que escribe, que define. Todas las calles del barrio están maceradas de pasos, todas estas calles que caminamos son la expresión de huellas, que no lava la lluvia, menos nuestra mutua indiferencia. Estas fachadas que observamos con su riqueza latente, su significación, donde algún rasgo perdura, es el signo de un momento, también trae consigo la mudez, el silencio de un instante de esplendor, de ese esplendor que muchas veces se pierde dentro de la cotidianidad y que con los días se olvida por parte de los vecinos. Así la ciudad con sus fachadas, con sus casas, con sus calles, con sus esquinas: son la expresión de un instante espesado en el tiempo donde algo nos alumbra: un suceso, una persona, o el motivo de alguna creación. Así la ciudad en su silencio expresa lo inexpresable lo que no sabemos, pero que ahora buscamos. Desde su sigilo cada persona, cada lugar; una fachada, una casa, una esquina, una calle nos quieren hablar; si la interrogamos devuelve su significación. Así Aranjuez.

En esa búsqueda por significados, en esta caminata tras la presencia de lo que en realidad es el barrio, Luis Fernando Cuartas nos explica qué ocurría en esa casa que ahora tenemos al frente. Era su versión: algo así como una emisora comunal. Su fachada es de color blanco y puertas azules;  quiebra el paisaje de las otras casas de la cuadra. Carlos Vásquez va a pedir permiso por si nos permiten entrar para unas fotos, y es que conversando con un señor tras las ventanas nos dice que aquí vivió una cantante de ópera. ¿Cantante de ópera?,’ colegimos que sea Alba del Castillo, y, en efecto, lo corroboramos mas tarde con algunos vecinos. Así las calles, las fachadas, nos devuelven su historia, el Medellín disuelto en nuestra mala memoria. Cierto, aquí en esta casa con una fachada agradable que rompe la simetría del lugar, con un antejardín como un remanso de llegada dispuesto por sus dueños, vivió la cantante que cautivó con su voz. En la ciudad hay pocas huellas de su presencia, ahora sabemos que ella caminó por estas calles y en esa casa habitó.  

Jesús María, El Negro, Agudelo era sastre y cantante en ese Medellín donde la actividad musical despuntaba con diversos duetos y tríos. Llegó a conformar, alrededor de 1927, un dueto con Julián Restrepo. Como Julián se inició muy joven en la música, sus amigos, guitarristas y cantantes de renombre como Jesús María, El Chino, Trespalacios; Antonio, La Silga, Ríos; Manuel, Blumen, Ruiz y el mismo Negro Agudelo lo llevaban de acompañante a las tenidas en el Bar Chapinero de José María, El Chato, Vásquez, también habitué derrochador que daba buenas propinas a los músicos. Pero ellos también querían llamar la atención de uno de los grandes de la música, a Pelón Santamarta, que era el administrador. O iban al Bar Americano o a otros en la geografía nocturna donde las guitarras y el licor paseaban sin ningún reato. Incluso, ellos, le prestaban pantalones y sacos grandes a Julián para que aparentara más edad. Luego, en esa búsqueda de proyectar su actividad musical, Julián y El Negro Agudelo, se fueron de gira hacia Pereira. Entre actuaciones de cafés, y mucho licor, les tocó un escenario desusado, fueron contratados por la carpa Teatro Estrella. Allí, en Pereira, Julián conformó de pura casualidad un dueto con Obdulio, que luego sería uno de los más afamados de Medellín.

El Negro Agudelo, tuvo una vida efímera, no solo en lo musical, casado con Petrona Rebolledo, moriría a temprana edad. Él era el padre de Lucía Libia Agudelo Rebolledo, que más tarde sería Alba del Castillo nacida en Medellín en 1923. Una tía suya, María Dolores Agudelo, la adoptó y se encargó de su educación y la matriculó en dos colegios privados: El Central Femenino y María Auxiliadora. Desde temprana edad Lucia Libia mostraba sus capacidades como cantante.
 
El trasiego de ella, de esa cantante valiosa que más tarde será Alba del Castillo, se sitúa en una de sus viviendas en Niquitao, otras personas que la conocieron refieren al Barrio Colón. Pero ahora he localizado en Nueva York, a través del Facebook, a Catalina Cuervo, soprano, en estos días de diciembre, y ella, ha escrito y descrito su cercanía con Alba del Castillo, su tía, y así mismo cuenta esa leyenda que corre dentro de la familia, dentro de esa tradición de las certezas que se viven en ellas.

“Mi abuela, Blanca, me contaba que a Alba le gustaba cantar desde pequeña, y que tenía una personalidad muy obsesiva y determinada. Bastante parecida a la mía. Cuando tenía alrededor de 13 años comenzó a insistirle obsesivamente a mi abuela que la llevara a Bellas Artes porque ella quería ser cantante. Mi abuela decidió, pues, darle a Alba esa oportunidad y la llevo a Bellas Artes a su primera audición.

La audición comenzó y en su momento el experto le pidió que cantara las mismas notas que él tocaba en el piano, Alba cantó pero fracasó enormemente, cantando desafinada y con muchos problemas, inmediatamente el profesor la desmeritó y les dijo que se fueran, que Alba no tenía talento y que nunca sería cantante. La niña se fue a la casa sumamente triste pero convencida que era él, el equivocado. Con su peculiar determinación y personalidad obsesiva, le empezó a insistir a mi abuela de que la volviera a llevar porque, según ella, debía presentar la audición pero con su otra voz. "Blanca, es que yo tengo otra voz, llévame". Mi abuela entonces le insistía en que se olvidara de eso y que no existía otra voz, pero Alba insistió e insistió, y pudo más su obsesión. Mi abuela, cansada, cedió y decidió acompañarla de nuevo a Bellas Artes. El señor después de mucho insistir decidió darle una segunda oportunidad y escuchar la tal "otra voz" que ella tenía. Comenzó la segunda audición y Alba con su segunda voz, comenzó a cantar con perfecta entonación y cada vez más alto y más alto hasta aquellos tonos que solo una coloratura con extensión posee y hasta que se terminó el piano. El señor no lo podía creer, inmediatamente fue becada por Bellas Artes. Aquella "otra voz" de la que la niña hablaba por ignorancia, es lo que hoy conocemos como la voz lírica o de cabeza, y es la voz con que las mujeres cantamos ópera. Alba tenía una de soprano y de coloratura impecable y con gran rango y habilidad para las notas altas y extensas llamadas "whistle tones". Esa "otra voz" la llevó a ser llamada "la mejor coloratura de Colombia" y El Ruiseñor de América".

Su tía, María Dolores, encomendó a Libia Lucia, para su formación, al compositor español José María Tena que había llegado como director de la Compañía de Zarzuelas y Operetas Española Dalmau-Ughetti y que también sería director de orquesta de la radio no solo en Medellín sino en Bogotá. Tena con su esposa Blanca crearon un concurso, la Hora Infantil en el Teatro Bolívar en 1938. También fue alumna de Pietro Mascheroni director, pianista graduado en el conservatorio de Gaetano Donizetti. Y que había sido director de orquesta en el Teatro Cárcamo de Milán, que había llegado a Medellín con la Compañía de Ópera Bracale.

El aprecio de ambos hacia Libia Lucia se debía a su obstinación y a su talento. Ella, a los diez años, hizo su primera presentación en el Teatro Junín de Medellín, acompañada por el maestro José María Tena, y a los quince años, el 9 de junio de l943, debutó como cantante de la Compañía Antioqueña de Ópera que fundó y dirigió el Maestro italiano Pietro Mascheronni junto a Jorge Luis Arango. Todo un acontecimiento debido al éxito de Libia Lucia, ya Alba del Castillo, en un lleno impresionante. Pero ese día Alba, como Gilda, se llenó de nervios, lo cual en las otras presentaciones fue superado. Allí, en el escenario, compartió papeles estelares con el tenor Evelio Pérez como el Duque de Mantua, con la contralto Yolanda Vásquez de la Cruz, el barítono Gonzalo Rivera, como Rigoletto. Durante esas jornadas se presentaron otras obras como La Traviata, Aida, Caballería Rusticana y Payasos.

Alba del Castillo continuo sus estudios de música y también sería alumna del maestro José María Bravo Márquez, en el Orfeón Antioqueño, y por el timbre y tesitura de su voz ocupó el primer puesto entre las sopranos colombianas.

Luego, en el Teatro Bolívar, actuaron y cantaron Jairo Villa, tenor, como Jim Kenyon, y Alba del Castillo, como Rose-Marie, vestida de india, con su piel morena, en medio de una decoración exuberante, imitación de un bosque lejano. En plena función surgía desde el bastidor derecho del Teatro Bolívar a su encuentro Jairo Villa, ambos cantaron Llamada de amor indio: “Dónde estás, amor/ que no vienes a mí... “

Rose-Marie es una suerte de opereta con música de Rudolf Friml y Herbert Stothart, y libreto y letras de Otto Harbach y Oscar Hammerstein. La historia sucede en las montañas Rocosas Canadienses y se refiere a Rose-Marie, La Flemme, una muchacha francocanadiense que ama al minero Jim Kenyon. Cuando Jim es sospechoso de asesinato, su hermano Èmile planea que Rose-Marie se case con Edward Hawley, un hombre de ciudad.

En ese Medellín, que poseía un concepto diferente de acceso a la cultura, ya despuntaba otra manera de acceder a ella, pues las emisoras comenzaban a dar su papel. Frente al radio Philco, en La Voz de Antioquia y sintonizando el programa de Chocolate Luker y la orquesta de Mascheroni. Jaime Trespalacios, entonces, anunciaba a Alba del Castillo que cantaba Las vírgenes del sol.

En julio 2 de 1945, Alba del Castillo fue invitada por la cadena Toddy a Venezuela para cantar en Radio Caracas. Allí fue acompañada, en su presentación, por Julita de la Rosa al piano y en la flauta Lucien Leroux. También Alba del Castillo cantaría al lado de Hugo Romani e Imperio Argentina en Chile.

Ese mismo año, 1945, Alba del Castillo actuaría en una película: La canción de mi tierra. Comedia musical en la cual vive un romance con Gonzalo Rivera. Esta pareja de cantantes se había constituido en las figuras de la canción en Medellín. Ellos recorren paisajes de la geografía antioqueña¸combinando situaciones chistosas con piezas musicales. Su director fue Federico Kats. También actúan: Celestino Riera, los payasos Rojas, Baena y Moscoso. El guion es de Leónidas Soler y Carlos Chiappe. La música fue del maestro Carlos Vieco. La responsable es la Compañía Filmadora de Medellín, Cofilma.

Esta película se estrenó en Itagüí el 2 de abril de 1945, debido a las críticas de Camilo Correa. En Medellín se presentó en una función privada en el Teatro Bolívar donde el cinismo de algunos asistentes llevó a decir que era necesario una colecta para quemar dicha película.

Enrique Bello, hombre de cine comenta, refiriéndose a Canción de mi tierra: “Fui el encargado del sonido. Los productores Eusebio Salazar y Félix Restrepo, de Antioquia Films, tenían el firme propósito de continuar filmando películas, pero el señor Camilo Correa, publicista de la empresa, al no darle el dinero que exigía, prácticamente la destrozó con sus críticas en los periódicos, y por eso La canción de mi tierra fue un fracaso económico. Es curioso que años más tarde el mismo Camilo Correa dirigió Colombia linda, una pésima película que, al estrenarla en el teatro Olympia de Medellín, el público enfurecido rompió sillas, puertas y todo lo que encontró a mano, daños que obligaron cerrar el  teatro por tres días. “De esta película, La canción de mi tierra,  hay aun 40 minutos en Patrimonio Fílmico, lo cual da una posibilidad de apreciar a Alba del Castillo.

Alba del Castillo tardaría varios años en grabar debido a su carácter, y a sus representantes que impidieron una proyección de su carrera como una de las figuras cimeras de la música colombiana. Ya en 1958 hizo su primera grabación con las versiones Vírgenes del sol, que ya había grabado Imma Sumac, y otras como La piscina de Buda, Noche china, Siboney, Cuando el indio llora, Canción del alma.  Alcanzó a grabar 3 L.P. Fue considerada por la crítica a la misma altura de otras cantantes de su época como la peruana, que decía que era princesa inca, Imma Sumac; de la italiana Lily Albanese y de la estadunidense Emma Eams.

Refiere el director de la Italian Jazz, maestro Guillermo González, autor de Volverás, grabado por Alba del Castillo,  que él hizo los arreglos para varias grabaciones de Alba como La piscina de Buda y Vírgenes del sol. Estos últimos igualitos a los de Imma Sumac. Cuando fueron al estudio de grabación le dice Alba, maestro, ¿trajo la letra? Sinceramente no entendí nada. Pero Alba era recursiva le metió cosas imaginarias a la canción.

He buscado las huellas de la cantante también en algunos libros donde su memoria se haya dispersa. Hernán Restrepo Duque, es uno de ellos. Ahora Alberto Burgos, en uno de sus textos,  La música parrandera paisa, nos permite un acercamiento:

“Gildardo entonces se colocó en la Plaza de Mercado, ayudando a un señor Octavio Arenas, y a Daniel Ramírez; cuando uno entraba a la Plaza, escuchaba una voz que retumbaba:
— ¡Carne, carne, carne, carne, carne, carne!
Esa era la voz de Gildardo Montoya, vendiendo huesos y vendiendo tocino.
Él empezó con la música mejicana, pues era aficionado a todos los cantantes rancheros de ese país; y recuerdo que Radio Visión, hacía un programa que dirigía un señor Juan Eugenio Cañaveral —que fue esposo de María Luisa Landín—, y Gildardo actuaba en ese programa, como aficionado y cantando canciones de José Alfredo Jiménez. También había un programa en Radio Sinfonía, cuyo director era Ciro Álvaro Vega, y tenía como asesor a un locutor llamado Fabio Manzano Martínez; el mencionado programa se llamaba Descubriendo Estrellas y allí también cantó Gildardo con el dueto Álvarez Acosta, pero no cantando mejicanas, sino música parranderita del tipo de Guillermo Buitrago, Julio Erazo y otros; ese día ganó el concurso una muchacha llamada Flor del Valle y cuyo nombre de pila era Shirley Rincón Rincón, y el segundo puesto lo ocupó Gildardo con los hermanos Álvarez Acosta; el jurado estaba compuesto por el periodista Carlos Serna, la soprano Alba del Castillo, y Arturo Restrepo dueño de Almacén Discoteca; Gildardo llegó a la casa con cierta verraquera y comentaba:
— ¿Cómo es que esta vieja, Alba del Castillo, siendo tan amiga de nosotros, le da el triunfo a esa muchacha Rincón hombe?.., siendo tan amiga de nosotros”.

Cierto, Gildardo no aceptaba ser derrotado en su elemento, la música parrandera, a la cual él le había dado otro carácter y esplendor. Además, él había escuchado a Alba del Castillo, habían sido amigos en Aranjuez, ya que Montoya había vivido en ese barrio.

En 1968, en Bogotá, el profesor italiano Vittorio Pastorelli le dio la idea de grabar un álbum con varios intérpretes de música colombiana traducidos al italiano que se llamó Smeraldi Musicali di Colombia. Allí una de las invitadas fue Alba del Castillo que grabaría Plegaria al sol en italiano, dicha composición es de Carlos Vieco, también en su voz escuchamos Fantasía tropical  y  Noches de Cartagena. El profesor había traducido al italiano para grabar Danza negra de Lucho Bermúdez y del clásico de Rafael Campo Miranda, Playa, brisa y mar, rebautizado como Spiaggia, que fueron incluidas finalmente en el lp.

En esta poca información que hemos encontrado, por ahora, sobre Alba del Castillo al leer un poema dedicado a ella por Jaime Jaramillo Escobar, encontramos el nombre de un amigo suyo, Jesús Rincón Murcia. Le hemos escrito al señor Rincón Murcia, barítono, que no responde en Facebook, pero si encontramos dos sentidas notas suyas sobre Alba del Castillo. Una de ellas, Una rosa y un bolero, allí nos entrega su afecto y admiración por la cantante.

 “Por el año de 1970 nos movíamos intensamente en la organización de un festival-beneficio para una voz inolvidable, hermosa dama, querida por todos los artistas, que padecía de cáncer: Alba del Castillo, El ruiseñor de América, soprano de calidades excepcionales.
La llevaba del brazo, calle 23 abajo, rumbo a la séptima, cuando llegó a nuestros oídos la voz de Alberto Osorio que emergía de la rocola de un café, como un remanso espacial, verso y música, en medio de la estridencia de pitos y motores.
Alba me detuvo. Suspiró. ¡Qué lindo!, exclamó. Terminada la canción, continuamos nuestro camino. Sabes qué me gustaría que me regalaras cuando muera? , me dijo. Qué, Albita? , le pregunté sorprendido. Una rosa y un bolero, replicó sonriente.
Poco después le dimos sepultura en el Cementerio Central en medio del dolor artístico. Coloqué la rosa sobre su ataúd, antes de los últimos ladrillos. El bolero, se lo estoy debiendo.
Son las tres de la madrugada, mi hora de luz. De algún recodo de la memoria salió esta noche el pasaje anterior para encontrarse con una coincidencia extraña en el tiempo y en el espacio.
Alberto Osorio, la voz que nos detuvo a Alba y a mí esa mañana del mes de abril de hace 21 años, y quien conocerá esta historia solo cuando la lea aquí, acaba de inaugurar un lugar-sueño, donde la canción es reina, y que bautizó bellamente: Rosas y boleros.

Alba del Castillo murió en Bogotá el 2 de junio de 1973".

En el año del 2014 Jaime Jaramillo Escobar presentó su libro, Poesía de uso, en él hay un poema dedicado a la cantante. Es tan sincero y soberbio el homenaje que el nadaista le hace a Alba del Castillo, como ningún poeta le ha hecho a alguna cantante en el país. Allí Jaime refiere el infortunio, y además, le reclama y recrimina a ese país absorto en todo menos en el talento de sus artistas.


Alba del Castillo

Jaime Jaramillo Escobar

Las voces de Alba del Castillo
(Lucia Libia Agudelo Rebolledo)
Y de Ima Sumac
(Zoila Augusta Emperatriz Chávarri del Castillo),
Se escucharon diariamente en todos los bares y cafés de América española durante el siglo XX
Voces que colmaron las vidas de muchas gentes con el timbre y la tesitura de su voz,
Su emoción, la excelsitud de su canto, la perfección de su arte,
Esplendorosos pájaros de maravilla,
Que merecieron el título de divinas,
Aunque con muy distinta suerte
Porque el Perú supo apreciar y enaltecer a su diosa, y en Colombia, Alba del Castillo, murió a los cincuenta años en extrema pobreza,
Tanto que fue necesario recoger limosnas para comprar un pobre ataúd, como lo cuenta don Jesús Rincón Murcia, uno de sus felices admiradores.
Alba del Castillo había nacido en Medellín en 1923 y su deceso se produjo en la fría Bogotá, en junio de 1973,
Cuando solo su voz recogía monedas en las rockolas de los bares, mientras su persona desfallecía en la miseria del olvido
El fox de Bravo Rueda se adaptó a magistralmente a las voces de las divas
Excelsas sopranos que aún siguen resonando en los oídos de todos cuantos las escucharon y conservan el recuerdo fiel en su memoria
En el alma podríamos decir,
Pues aunque el alma no existe todo el mundo sabe lo que es
Alba del Castillo, alma del canto, canto del alma,
En la ingratitud de un país cicatero,
Que dejó morir al gran Crescencio Salcedo ofreciendo rústicas flautas de cañas a cien pesos en los andenes de Medellín,
Sin que ninguna autoridad, ninguna persona, supiera su valor y
Reconocer al artista confundido con mendigos y rebuscadores
Pero qué esperar, si Bolívar tuvo que buscar refugio en manos españolas,
Y Manuela Sáez debió huir al Perú, con un negra fiel y perderse en un pequeño pueblo costero.
Injusticia e ingratitud siempre ha sido y sigue siendo el distintivo nacional
No la “libertad y orden”, que ninguno de los dos ha llegado todavía.
….


No hay comentarios: