domingo, 7 de junio de 2015

31 Medellín: Deterioro y Abandono de su Patrimonio Histórico. Superman en Medellin




31 Medellín: Deterioro y Abandono de su Patrimonio Histórico. Superman en Medellin


Superman en Medellín

Víctor Bustamante

                                                                Para Alberto José Gallo y Leonardo de Constantino



Estoy perplejo, pero perplejo es perplejo. Me dirigía a filmar por las orillas del río, perdón lo que queda del río Medellín, allá por el Puente de Guayaquil, y qué veo, nada menos que en la fachada del nuevo edificio del Banco de Colombia, algo así como una imagen, nunca una escultura, mejor un maniquí de Superman. Vuelvo y miro, y no podía creerlo. Era el colmo de la lobería que una de las poderosas empresas financieras, situara un maniquí, porque lo es, de Superman, en la fachada de su edificio por donde entran sus clientes a realizar miles de transacciones comerciales. Cierto, aquí en este lugar, y ante este comic, comienza la superficial nueva historia de Medellín representada con este maniquí. O sea, la descomposición cultural ante la precariedad de responder a la masificación de los productos culturales de los países desarrollados. Lo extraño es que situar este tebeo allí no fue impuesto por alguna campaña publicitaria externa sino por los mismos dueños de esta institución. Como nunca hemos valorado un icono que nos definiera, debimos buscarlo en otro lugar, en otros tiempos, para continuar con ese tono de ciudad que niega su presencia, su historia, mejor, que la reescribe como historieta.

El mercado de cómics de los Estados Unidos contribuyó a crear sagas retomadas de culturas antiguas. Superman remite a Sansón, a Zeus, a Hércules. Mientras los alemanes tomaron de Grecia su tradición filosófica y la pusieron a hablar en alemán, Estados Unidos, país sin mitologías, debió saquear desde los medios masivos para crear su atribulada historia retomada de la vieja Europa y adaptarla para consumo masivo, no solo en su país sino en el resto del mundo. Asimov tenía razón, en el poderoso país del norte, la mayoría de sus habitantes viven ilusos en las fantasmagorías, una de ellas: la Edad Media. No en vano, hay un fuerte consumo de historietas donde seres fantásticos hacen alarde de sus poderes para salvar el país, la humanidad, pero además llenan el vacío de la estolidez de una gran clase media consumidora de televisión, de cine y de historietas como si fueran crispetas con Coca-Cola.

No cabe duda, es Superman con el rostro del malogrado Christopher Reeve, por supuesto, vestido con su elástico azul, su capa roja, sus botas rojas, y pensativo. ¿Pensativo Superman? ¿El hombre de acero, el que tiene visión de rayos x, que vuela y además es fuerte, que levanta  lo que sea, que nació en Kriptón, que fue adoptado por una familia en Kansas? ¿Y además, tan circunspecto vigila a quien entre aquí, a la sede del banco? No puede ser, me dije.

De inmediato asocié la imagen con la del escultor de Rodin, a su obra, el Poeta; o sea, el famoso Pensador, cuya intención era situarlo como Dante en una de sus obras, Las Puertas del Infierno. Por supuesto que Rodin también había intuido el Pensseroso de Miguel Ángel. Pero su talento le dio para construir otra visión, así ese musculoso y contradictorio, Pensador, posea su sello personal.

Pero aquí en la llamada Avenida del Río, en la Ciudad del Río, donde Medellín busca otros espacios, a veces parece que uno se encontrara en otra ciudad, en un proyecto de ciudad artificiosa, donde aún no se detecta la huella, la pátina de una ciudad habitada por sus gentes, sino la extensión de un extenso centro comercial, limpio, frívolo y aséptico, o mejor un Parque Temático, lugar sin corazón.

Y no es para menos, en el extremo, en la esquina de San Juan con lo que fue la Avenida Ferrocarril, se levanta el llamado Edificio Inteligente de las Empresa Públicas. Y desde aquí lo veo, poderoso e inflexible. En este momento camino por la mitad de la calzada del Puente de Guayaquil, y al sur veo el edificio de cristales, despersonalizado del Banco de Colombia. Entre estos dos edificios el Puente de Guayaquil, una de las joyas arquitectónicas de la ciudad, el único puente de los construidos sobre el río aun intacto. Hasta aquí llegaba la ciudad hace unos años, muchos años, los suficientes para que este lugar quedara casi olvidado. Pero así mismo en la entrada del Bancolombia me inquieta de nuevo el tebeo de Superman, el comic que llegó a convertirse para muchos en un pasatiempo y para otros, como ahora, en una obra de arte, entre comillas, obra de arte. De ninguna manera puede uno creerse tal concepto. Una obra de arte posee signos, características, un peso específico que le da esa estatura. Más bien estamos ante un maniquí multicolor casi de plastilina. Medellín que posee una multitud de esculturas buscadas con ahínco y pasión por Alberto José Gallo y Leonardo de Constantino, tiene acá algo que se sale de nuestro canon, pero no por su peso y convicción, sino por su superficialidad. Medellín, que posee su gran tradición de artistas: ninguno de ellos fue escogido para exaltar su propuesta.

Este maniquí de Superman corresponde a una época light de Medellín, superficial y pedante. En la ciudad de las esculturas, aún estoy perplejo al observar, como una institución bancaria, asume un cómics de la cultura, del consumismo, como su emblema, como si Medellín no tuviera derecho a perpetuar su historia, que es su presencia, ante quien pretenda borrarla como en este caso.

¿No posee el Banco de Colombia, entre sus dirigentes, alguien que valga la pena destacar, algo así como un líder financiero? Superman no expresa una epopeya del ahorro, ni del trabajo, ni de la disciplina sino el entretenimiento. ¿Qué pensará de esto el poderoso Sindicato Antioqueño, dueño del banco? O es puro pragmatismo y un venal concepto de modernidad, exhausto con una ciudad y su grandeza, porque aunque en algunos sectores se deseche la ciudad la posee. 

Cuando se sitúa una escultura, casi siempre, refiere un hito o exalta un personaje notable. Cuando nos acercamos a ella, una placa con su nombradía remite a la dignidad de su vida, a un aporte fundamental para que algunos ciudadanos hayan decidido rendirle un homenaje. Un monumento expresa, en síntesis, una presencia que no quiere que se deje de lado por sus ejecutorias. Si miramos en Medellín, en cada parque se erigen sus símbolos, Bolívar, Berrío, el dudoso Zea, Girardot, Córdoba, que expresan su dignidad. La palabra héroe en ellos es cercana, se matiza con su voluntad de haber realizado alguna hazaña, y dejaron un legado: son los hombres fundamentales en la ciudad. Y, a más de eso, son reales, tuvieron carnadura, en ellos se ve reflejado un síntoma de agradecimiento. Su presencia es la presencia de la dignidad. Su actuación en vida es síntoma de ejemplo a tener en cuenta para esa posteridad que necesita el aroma de sus historias, no como lo fugaz sino el entrañamiento.

El anterior símbolo de Bancolombia era el águila, lo publicitaba una frase, “Únete al águila”. Eran las épocas del superpoderoso Jaime Michelsen Uribe, el intocable, nunca un superhéroe. Muchos que se unieron al Fondo Grancolombiano terminaron en la ruina. Se decía que ningún gobierno lo intervenía porque la economía del país se iría al suelo y al subsuelo. Hasta que le llegó su día debido a sus excesos; hizo mucho mal en ese sentido. Luego se fue Michelsen Uribe, pero el águila, como símbolo de Bancolombia, persistiría unos años. Luego el águila desaparecería del logo de la entidad, acaso por las malas referencias a Michelsen, o porque los animales ya no estaban de moda.

Superman, sin reserva, se definía: “«Más rápido que una bala, más poderoso que una locomotora, capaz de saltar altos edificios de un solo salto», además posee vista de rayos x, es inmune a cualquier ataque, es rápido con sus superpoderes, así sea en el papel, junto a estas apreciaciones calenturientas y desaprensivas, por supuesto, de Nadim Ospina, su escultor, tomadas del Portal del Banco de Colombia:

"¿Por qué un Superman para el espacio público del edificio de Bancolombia?
“Superman en Medellín, como una figura icónica que representa la modernidad, el poder y el primer mundo, genera un espacio irónico que tiene un sentido del humor, una serie de preguntas con relación a los entrecruzamientos culturales que vivimos los colombianos y particularmente Medellín, que es una sociedad mestiza, mezclada, donde confluyen las grandes modernidades y los grandes avances de la civilización y, al mismo tiempo, una sociedad premoderna que todavía es de arriero, donde el campo es muy importante. Ese Superman se convierte en un llamado de atención a ese sentido, a ese mestizaje que vivimos en Colombia”. (No será mejor porque lleva plasmada la serpiente en su pecho)
¿De todos los superhéroes por qué Nadín eligió Superman?
“Porque Superman es el rey, el icónico, el indestructible. Además tiene unas connotaciones muy interesantes: el pobre es huérfano, extraterrestre y con unas dificultades sicológicas y amorosas muy complejas. Es un personaje muy interesante”. (Coincidencias)
Usted hace una fusión del superhéroe con una escultura también icónica de la historia del arte, ¿cómo fue lograr esa fusión y bajarle la prepotencia a Superman a un ser que está pensante y dudoso?
 “Yo digo que cuando aparece un pensamiento como es un momento mágico, no son cosas que uno arme, que se ponga en una mesa a pensar si llega ese idea, no, de pronto aparece a las cuatro de la mañana, estoy durmiendo y surge esa imagen onírica: Superman como El Pensador de Rodin, escríbala en el cuaderno ahí mismo. Eso ocurre, a mí me pasa ese tipo de cosas, esta imagen viene de una experiencia onírica”. Para un ciudadano que piense que es muy prepotente un Superman en un “superbanco”, ¿qué le diría? “Sí claro, se trata de eso, como de reforzar ese sentido. Hay una sonrisita en el fondo, una ironía, una cosa un poco crítica, es decir, estamos en el banco pero ese Superman está haciendo un feedback irónico. Me ha parecido que el banco, que tiene esa estructura de poder y las posibilidades de escoger cualquier cosa, se arriesga por un tipo de arte contemporáneo e irónico” (se ríen de nosotros en la cara)".

En esta entrevista ya sabemos lo que se puede esperar de Ospina. Todos estos conceptos tomados del súper vendedor de mercaderías, mercachifle del arte y de los nuevos coleccionistas sin formación que compran esculturas de Jeff Koons. ¿Y quién es Koon? No es un artista sino un productor de mercancías que posee un taller con 130 obreros a los cuales les dice qué le fabrican. Koons no sabe dibujar ni pintar pero tiene un olfato implacable para apropiarse y para realizar obras que vende a altísimo precio en el mercado. En él, se acaba el talento siendo reemplazado por el marketing.

Superman no es un héroe de nada sino un superhéroe de ficción, de cómics; a lo mejor personifica el deseo de la clase media estadinense por buscar la representación de una divinidad que los salvara de la continua amenaza de la hecatombe debido a la bomba atómica y a las guerras. Pero ninguno de ellos, superhéroes juntos, podrán protegerlos, son solo entelequia. Por eso cuando leemos a Nadin Ospina establecemos que su edad, es la edad especulativa de la adolescencia que aun piensa que Superman existe. 

Ese Superman, para una ciudad hambrienta de turistas, quedaría bien situado en El Hueco, en el parque infantil de algún Centro Comercial, junto a los demás tebeos de Disneylandia, mientras los adolescentes miran llenos de perplejidad esos personajes que nunca existieron alimentando sus fantasías. O quizá, podría situarse en alguna venta de revistas de aventuras, pero no en una entidad de tanto peso financiero, ya que no dice nada, no expresa nada, no significa nada.

Hay otra aversión, que es su versión, sobre los superhéroes del cineasta González Iñárritu quien añade que las películas de superhéroes son un genocidio cultural. Y esto lo expresa en Birdman, su película, en la que el universo de los superhéroes sirve de excusa para una reflexión existencial, opuesta a la caricatura habitual de estos personajes de cómic: “Siempre los veo matando gente, porque no creen en lo que tú crees o no son lo que quieres que sean. Odio eso y no respondo a esos personajes. Han sido veneno, un genocidio cultural, porque la audiencia queda sobreexpuesta al complot, las explosiones, y esa mierda no significa nada acerca de la experiencia del ser humano. […] Filosóficamente no me gustan”.

Y eso que le falta una anotación sobre un tema que fue candente en los años 70,80: la penetración cultural de los países anglosajones, sobre todo el imperio, y sus mensajes que con el tiempo perdieron efectividad, al ser absorbidos y definir el entretenimiento como formación, junto al menosprecio a la cultura de estos países, Colombia, uno de ellos, permeado debido al fundamentalismo financiero que arrasa con su precariedad los diversos hitos del espacio cultural.

 Hace poco, en El País de España, leí esta nota de uno de los grandes renovadores y guionistas de comics, Alan Moore: “Los superhéroes son una catástrofe cultural”. “Para mí, abrazar lo que son sin ambages personajes infantiles de mediados del siglo XX indica una retirada de las abrumadoras complejidades de la existencia moderna. Me parece que una parte muy significativa del público, renunciando a comprender el mundo en el que viven, ha razonado que sí puede entender los vastos, vacuos, pero al menos ‘finitos’ universos presentes en Marvel o DC Cómics”.

De tal manera, ante esta aceptación, no podemos negar que la nostalgia por lo trivial posee una presencia en nuestro ámbito cultural que no encuentra un símbolo, un icono, un edificio, una escultura relevante para expresar los tiempos presentes y defender a las glorias de nuestra cultura del avance de lo que considera la internacionalización de la ciudad ante un multiculturalismo banal y un relativismo superficial. En estos tiempos que campean, una de las maneras de soslayar la presencia de nuestros artistas, en este caso los escultores, es desechar toda una región con sus personajes y exhibir un maniquí de un superhéroe que nada tiene que ver con Medellín, y menos con su cultura, ideado para entretener a adolescentes, como si en la ciudad, y en la historia misma de esa institución no poseyeran un personaje relevante que le diera su peculiaridad, su matiz, para destacarlo, lejos de las operaciones financieras y del dominio del capital, nunca semilla, sino contundente y frío en sus ganancias como meta única.

Superman, desde esta perspectiva, es considerado el epítome de la élite paisa en estos tiempos de la cruda globalización que no le interesa el devenir histórico sino los negocios, de ahí que Medellín es la muestra de quienes la planean a través de su misma desidia; y y así, la ciudad poco a poco se convierte en un Parque Temático.




8 comentarios:

Rafael Aguirre dijo...

Ya que está ahí ese muñeco de acero, se les puede voltear la torta a este supergrupo financiero y en ese caso si puede ser un símbolo; es un supermán de capa caída, deprimido, abatido, impotente... y sí, está pensando, piensa en que acá en Medellín su poder de nada vale y piensa en que hasta el acero se corrompe, de oxida, se lo carcome el aire contaminado de la ciudad, incluso piensa en ese famoso epÍgrafe del poder de Juan Manuel Roca, ese que dice:
"CON CORONAS DE NIEVE BAJO EL SOL
CRUZAN LOS REYES".
Está bien como símbolo de un imperio financiero que como todo imperio también tendrá su cuarto de hora y de nada vale ser de acero y tener rayos X. El tiempo también es tragalón de cosas de acero o de oro.

FUMANCHU dijo...

No puedo creer que en Medellin ocurran esas tonterías. Lo cual da a entender que el grupo empresarial solo lee este tipo de basura. FelicitCIONES

Anónimo dijo...

Baraban. Hagamos de cuenta que el Superman está en el retrete. Y la cosa sale perfecta par su promotor. Las cosas se parecen a su dueño.

Jorge Echavarria Carvajal dijo...

El arte público dejó su faceta heroica decimonónica hace rato..cosa que parecen ignorar los respetables comentaristas

Guillalal dijo...

Esa es la ciudad light que los bancos nos modelan y los político "gestionan" y los gobiernos realizan con planeación sin urbanismo, No es casualidad. Se trata de "dar cimiento" al vacío de una cultura sin identidad y pertenencia, sin puentes entre el pasado y el presente, como si se odiara a los antepasados y todo vestigio de la ciudad y vida antigua hubiera que borrarlos. Solo vale el dinero. Dinero sin respaldo en la economía real. Porque estamos en la economía virtual de los mercaderes de chucherías sin valor pero alto precio, apalancadas por la especulación financiera. Se trata de dar cimiento al imperio de la dominación con la despersonalización del individuo y su existencia. ¿para qué referentes culturales en la ciudad light? ¿Qué utilidad brindan? Es que ese gusanillo utilitarista de solo vale el dinero, que se abrió paso desde los ochenta, pulula por doquier y esta carcomiendo toda institución y andadura.

A la misma institución escolar, en todos sus nivelesYa la universidad

El Chapulin dijo...

Definitivamente los paisas todo lo entienden al revés. ¿Cual modernidad?, así se se disfraza la falta de amor a una región de donde han exprimido todo el dinero del mundo. El proximo va ser Batman para otra de sus empresas.

Anónimo dijo...

Sin palabras. Que buena labor la de Victor, un etnógrafo de lo urbano que con su cámara en forma de bitácora describe sin miramientos esa Medellín que se transforma de una manera iNNovadora haciendo desaparecer por arte de mafia ese patrimonio vivo de los olores, los sabores, los colores, los sonidos y esos secretos que guardan sus calles, sus parques y lo poco que queda de sus fábricas. De nosotros depende que nuestra ciudad no se convierta en una pasarela aséptica donde los niños mueran asfixiados en las modernas cámaras de gas estilo divercity.

Arnubio.

Anónimo dijo...

Sin palabras. Que buena labor la de Victor, un etnógrafo de lo urbano que con su cámara en forma de bitácora describe sin miramientos esa Medellín que se transforma de una manera iNNovadora haciendo desaparecer por arte de mafia ese patrimonio vivo de los olores, los sabores, los colores, los sonidos y esos secretos que guardan sus calles, sus parques y lo poco que queda de sus fábricas. De nosotros depende que nuestra ciudad no se convierta en una pasarela aséptica donde los niños mueran asfixiados en las modernas cámaras de gas estilo divercity.

Arnubio.